El pensamiento de Vicente Leñero en pantalla

Por @kurenai_alex

Los albañiles, del director Jorge Fons, realizada en el año 1976, fue la película presentada esta semana en la Cineteca Nacional de México como parte del ciclo de conferencias Nuevas reflexiones del cine mexicano, que en esta ocasión retoma los Laberintos de la memoria, como hilo conductor y corre a cargo de Gabriel Rodríguez Álvarez, licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM.

Gabriel Rodríguez Álvarez en la presentación de Los albañiles (1976) de Jorge Fons Foto de Manuel Pineda

De acuerdo con Gabriel Rodríguez, estos ciclos «confirman la necesidad de realizar actividades de formación de públicos», además de mostrar el «cine de la apertura democrática», cuya finalidad era abrir espacios para los jóvenes como mediadores entre el gobierno y ellos, después de los acontecimientos de México 68. Asimismo destacó las diferencias trascendentales entre el cine de esos años como «testimonio y ventana de otras épocas», con el cine mexicano actual que es un «cine de la miseria, de explotación de los pobres y el escarnio de su condición». Su exposición versó además acerca del uso de metáforas: plásticas, dramáticas e ideológicas (de Marcel Martín), que en el cine de Jorge Fons consolidan un universo realista en el que sin embargo, el director «no ejerce violencia de clase contra sus personajes» a través de la cámara. Además de mostrar una mezcla de «teatro y cine, pero no un teatro filmado».

El guión de Los albañiles fue escrito por Luis Carrion, Jorge Fons y Vicente Leñero, basados en una novela de éste último, escrita en 1963 y adaptada al teatro en 1969 por Ignacio Retes. La trama se centra en el asesinato de don Jesús, vigilante de una obra en construcción, y con esa historia como medio Fons nos transporta a la realidad de un grupo de trabajadores de la construcción.

Gabriel Rodríguez Álvarez en la presentación de Los albañiles (1976) de Jorge Fons Foto de Manuel Pineda

La narrativa visual se estructura en tiempo multiforme: el momento presente, en el cual el inspector Munguia investiga la muerte de don Jesús; y el pasado, introducido por medio de flash back en los que conocemos la vida cotidiana de los personajes, o sus antecedentes. Al inicio de la película somos introducidos a un misterioso edificio, que se transforma, conforme avanza la cámara, en locación y personaje, pues no sólo la historia se mueve entre sus muros; él, como señala don Jesús, trata de comunicarse con quienes lo rodean, los pone en un mismo plano temporal y espacial: ayuda a crear relaciones, formarlas o destruirlas.

Con la obertura de Alceste de Christoph Willibald Gluck, asistimos a la presentación de ese edificio vivo, al mismo tiempo que visualizamos el asesinato de don Jesús, a través de la visión subjetiva de su asesino, justo en el momento álgido de la música cuando los violines aceleran el tempo y la intensidad de la melodía. Una vez que la muerte ha ocurrido la escena se transforma, al compás de la música, para mostrarnos el recorrido de la sangre derramada, a continuación la escena cambia. Guiados por el personaje que descubre el tiempo nos transportamos al pasado, antes de la tragedia.

José Carlos Ruiz y José Luis Flores en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Desde una perspectiva argumental, es una crítica bien estructurada a través de la representación de las condiciones sociales todavía vigentes de una población organizada en jerarquías demasiado contrastantes, en las que la violencia simbólica se ejerce de manera constante. A diferencia de la violencia física y verbal que se da incluso entre iguales dentro de la película, la violencia simbólica se presenta de manera mucho más agresiva, pues la palabra sólo la tiene aquel que ostenta el poder, e invisibiliza a los otros.

Así vemos, por ejemplo a Federico (Pepe Alonso) ignorar y silenciar a sus trabajadores; pero al mismo tiempo él ocupa ese mismo lugar de sometimiento frente a su padre, y sin saberlo frente a los mismos personajes que humilla, pues podrá ser «el nene rico» y dar las órdenes, pero quienes conocen el funcionamiento de la obra son los propios albañiles, no él.

En esta película todos los personajes se encuentran en busca de su lugar: físico y moral. Desde los trabajadores que migran de pueblos lejanos para probar suerte en la capital por un sueldo de miseria, en un trabajo en el que gastan la vida «construyendo casas y edificios y ninguno es de su propiedad»; Federico, quien busca la aceptación de su padre, el respeto de sus trabajadores, un puesto de poder; hasta el inspector Munguia, que trata de «hacer las cosas como se deben» pero al final con o sin procedimiento debe llegar a un resultado para no perder su puesto.

Pepe Alonso y Salvador Sánchez en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Los actores contribuyeron de manera monumental a construir todo ese universo de desesperación, son de destacar las actuaciones de Ignacio López Tarso, como don Jesús, Adalberto Martínez «Resortes» como El patotas, José Carlos Ruiz en el papel de Jacinto y Pepe Alonso interpretando a Federico. Además de la participación de Katy Jurado y David Silva, parte de la generación de la Época de oro del cine mexicano.

En el aspecto técnico existen algunos errores típicos, la sombra del camarógrafo, el cambio de locación de edificio, y otros detalles semejantes que pueden pasar desapercibidos si uno no es muy curioso. En cuanto al sonido, Fons no sólo decidió utilizar la mezcla de sonidos ambientales para crear la atmósfera; sino también el leitmotiv descarados para ilustrar situaciones muy particulares, como el momento en que la hermana del plomero llega a la construcción para llevarle el almuerzo, y de fondo escuchamos, Qué buena está Elena de José Albarrán, seguida de los soeces piropos de los trabajadores, una escena que además plasma de forma brutal el papel que tenía la mujer dentro de ciertos sectores de la sociedad y que por desgracia no ha cambiado en su totalidad.

Eduardo Cassab en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Los albañiles es una película que cuenta con tantos elementos para analizar como minutos en su estructura. Pero desde mi perspectiva, la temática no dista mucho del naturalismo actual presentado por directores como Amat Escalante. Lo que sí cambia es el tratamiento, el acercamiento y la experiencia actoral que supera por mucho a los filmes actuales. No soy fanática de Ignacio López Tarso y mantendré mi firme opinión de que su actuación en películas como Macario es acartonada y teatral, sin embargo en esta ocasión su trabajo es plausible, y sus monólogos de verdad alcanzan a tocar las fibras más sensibles del espectador. Lo mismo ocurre en el caso de Adalberto Martínez «Resortes», que deja de lado su personaje repetido en tantas películas anteriores y proyecta una faceta novedosa de su carrera, sin caer en sus típicos arrebatos de comicidad forzada o su clásica e hiperbólica gesticulación.

Para finalizar, sigue siendo un acierto que se realicen estos ciclos que permiten redescubrir el cine mexicano.

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