Secretos a voces
Por @kurenai_alex
Después de cinco años viviendo en Argentina, Laura regresa a Madrid acompañada por sus hijos, Diego e Irene, para asistir a la boda de su hermana. En el pueblo todos la conocen, saben que se casó con un hombre exitoso y trabajador, capaz de pagar los arreglos de la fachada de la iglesia y que viven juntos un matrimonio de ensueño. Pero en el pueblo también saben que antes de eso, Laura estuvo enamorada de Paco, quien ahora es dueño de una finca vinícola.
El día de la boda llega, el vino corre, la banda toca, la gente canta y todo el mundo se divierte hasta que repentinamente las luces se apagan y el horror comienza para Laura y su familia, pues mientras todos celebraban la nueva unión, su hija adolescente ha sido secuestrada.

Así comienza Todos lo saben, película del 2018 del director Asghar Farhadi. Aunque realmente decir que así comienza es una falacia, pues para llegar a ese punto, que en términos prácticos es la introducción, al director le toma al menos media hora. Primero vemos escenas larguísimas de la carretera, los viñedos, el pueblo, y la vida cotidiana. Hasta ese punto la cámara trata de mostrarnos la vida común de los habitantes , hacernos partícipes de la relativa tranquilidad en que se mueven los personajes. Esta situación es un acierto, al mostrar las tradiciones de algunas provincias españolas, pero se pierde conforme avanza la trama.
Poco a poco nos adentramos en un conflicto que trata de ser un thriller pero se estanca a la mitad, pues el secuestro se transforma en un pretexto para contarnos los chismes sobre Laura y su familia. El ritmo pausado que el director utiliza en los primeros 100 minutos de película se rompe cuando decide cortar todo el suspenso y mostrarnos a los secuestradores sin más. Una vez que todos los secretos son revelados la desaparición de la chica pierde sentido, porque casi desde el inicio se relegó a un segundo plano.

Por otra parte los recursos técnicos también terminan difuminados. Aunque al inicio la cámara realmente se mueve como un espía en medio de los personajes y sus ambientes, al cabo de un rato esa idea queda de lado y los encuadres dejan de comunicarse con el espectador de forma íntima para simplemente registrar lo que ocurre, ya sin dejo de la morbosidad inicial que nos adentraba en la vida de la familia.
Con la música ocurre lo mismo, no existen leitmotivs, ni letras que comuniquen emociones. No pasa de ser una lista de melodías seleccionadas para ambientar. Eso sí, todas las actuaciones son monumentales. Le creemos a Penélope Cruz su desesperación, tanto que nos hace dudar de la sinceridad y credibilidad del secreto que revela, aunque éste ya se veía sospechosamente previsible desde el inicio.

Bardem es quizá el mejor de todos los personajes, aunque vuelve a representar el clásico papel del español gallardo y valeroso que trata de ser el héroe de la historia, también muestra otras facetas viscerales que complementan el desarrollo de su personaje. Lo triste es el caso de Ricardo Darín, excelente actor que en esta ocasión prácticamente no figuró en la película. Su papel resulta casi sobrado, sin importar que tan buen trabajo realice, no deja de ser el tipo bajo la sombra del papel de Bardem.
Por otra parte el dilema de «hasta dónde estás dispuesto a llegar para ayudar al otro», que bien podría ser uno de los móviles principales del argumento, tampoco termina de adquirir forma, y la comparación con otras obras de la misma temática resulta inevitable, sobre todo cuando el tema fue retratado magistralmente por Akira Kurosawa en Tengoku to jigoku (El infierno del odio, 1963).
La película tiene puntos rescatables, actuaciones encomiables y un buen inicio, por desgracia los elementos principales de la trama no terminaron de encajar ni en el drama ni en el thriller. Aunque es plausible que Asghar Farhadi haya logrado crear un ambiente tan creíble de un pueblo español sin conocer siquiera el lenguaje, crear un ambiente no es la totalidad de una película.
