Terror a la luz del día
Por @kurenai_alex
Definir propiamente al género de terror es una tarea compleja, sobre todo en la actualidad, momento en que los componentes cinematográficos se mezclan para adaptarse a las exigencias de los públicos. Así podemos encontrar historias de asesinos, enredos psicológicos, fantasmas siniestros, posesiones infernales, y un sin fin más de temáticas que se adhieren como parte del género, y que al mismo tiempo mezclan el drama, el thriller e incluso la comedia. Sin embargo son muy pocas las películas que logran consolidar una historia bien estructurada que no apele al clásico susto de sonido para impresionar al espectador, mantenerlo tenso y finalmente otorgarle lo que quiere: ser asustado.

En algunas ocasiones, los directores realmente logran esa finalidad otorgando trabajos de calidad que generan una revolución en el género y aportan nuevas perspectivas de visualizarlo. Mas, casi por regla general, una vez que un contenido demuestra ser aceptado por el público comienza a ser explotado sin cesar hasta terminar por desgastarse, pues los momentos de susto se vuelven predecibles, reiterativos y cansados. Como muestras se encuentra por ejemplo Ringu (Hideo Nakata, 1998), película que sorprendió y aterrorizó al público gracias a su mezcla de elementos espirituales y tecnológicos como parte del argumento. Pero al ver que era una película eficaz, los productores no demoraron en hacer remakes, secuelas, y un montón de filmes tan similares, que el fantasma de cabellos largos y bata blanca terminó por aparecer hasta en las cajas de cereales.
El mismo fenómeno se desató con otras películas como Paranormal Activity (Oren Peli, 2009); Sinester, (Scott Derrickson, 2012) o The Conjuring (James Han, 2013). Cintas muy bien realizadas, que verdaderamente generaban miedo pero terminaron por convertirse en sagas eternas con universos alternos, spin off, secuelas y precuelas.
Con estos antecedentes ya comienza a resultar peligroso sorprenderse con una nueva película que genere terror; pues sabemos que casi de manera automática se transformará en una franquicia interminable que al final dará más risa que miedo. Debido a esta mal sana predisposición, si bien la llegada de Midsommar de Ari Aster me generó expectativa, ésta vino acompañada de miedo: ¿y si la nueva película era igual a la anterior?, ¿qué tal si al final resultaba no ser impresionante? Después de la salida de Hereditary, en 2018, Ari Aster ganó mucha popularidad, pero como dice el tío Ben de Spiderman: «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», y la suya era entregar un trabajo tan bueno como el anterior o superior a él.

En este caso, el director decidió tomar como primicia de su argumento la historia de una joven depresiva y dramática, Dani, quien después de una tragedia familiar decide ir de viaje con su novio Christian, y los amigos de éste, para festejar el equinoccio de verano en Suecia, en una comunidad apartada del resto de la población, que cuenta con costumbres bastante particulares.
Desde luego el tema de las sectas no es nuevo, existen cientos de ficciones y documentales que han utilizado el tema como punto de partida. Sin embargo la manera en que Aster lo retrata realmente supera por mucho a sus antecesoras. No sólo dejó de lado todos los sustos clásicos para concentrarse en guiarnos lentamente hacia un punto sin retorno; sino que además se dio el lujo de cambiar por completo la paleta de color a la que nos tienen acostumbradas las películas de terror o suspenso.
Toda la historia se desarrolla en medio de un ambiente pulcro de verdes, azules y amarillos intensos. En contraste, la ropa de los personajes, blanca e inmaculada desafía la idea de la oscuridad como factor de maldad. Existen algunos desperfectos técnicos en la película, como las hierbas demasiado digitales que crecen en las manos de la protagonista, o algunos cadáveres que no corresponden con el vivo original. Pero también cuenta con muchos aciertos técnicos que superan las imperfecciones, pues con la construcción de cuerpos orgánicos, e incendios reales se le otorgó viveza y realismo a la historia, situación fundamental para un argumento como este.

Resulta interesante ver la representación de rituales asociados al enamoramiento, que parecen muy propios de las culturas donde predomina el pensamiento mágico religioso visualizados en el entorno de la cultura europea. Factores como el uso de números cabalísticos, sacrificios, danzas y comidas rituales, contribuyen también a la formación del ambiente de esta película, que cuenta con un diseño de producción impecable, runas, dibujos, grabados, hacen parte del decorado en todos los espacios cerrados. Lejos queda la necesidad de la casa siniestra y avejentada, porque en esta historia, las situaciones inquietantes no obedecen a la norma.
Desde luego si somos exigentes y negativos podemos decir que como en otras películas de viajes que terminan mal, los personajes cliché son identificables, pero en este caso cada uno de ellos encierra sorpresas y tratamientos que no suelen formar parte de los universos del género de terror. Aunque ya todos sabemos que en estas historias sólo habrá un sobreviviente (o menos que eso), ese término queda rebasado, pues en este caso no se trata de «supervivencia»; sino de adaptación.
Midsommar no se parece en absoluto a su antecesora, pertenece al mismo género pero crea una nueva forma de representar el terror: lo resignifica. No necesitó sonidos estridentes, espacios oscuros y cerrados, un fantasma de bata blanca, ni un asesino malvado. Porque no existe algo más terrorífico que la naturalidad frente al terror.
Ari Aster continúa apelando a la paciencia e inteligencia del espectador al construir otra historia en la que la suma de detalles conduce a una conclusión necesaria. Ninguna de las escenas fue metida a la fuerza, todas forman parte de un pequeño engranaje, son como gotitas de agua que se vierten sobre un vaso que termina por derramarse.
Las actuaciones son creíbles, sofocantes e inquietantes, hasta los extras, que cambian constantemente, se adaptaron perfectamente a las exigencias del argumento. Sin embargo lo más destacable es el diseño de producción y la mezcla de sonido.
Sólo existe una misteriosa situación que no he podido resolver, ¿porqué el trailer cuenta con escenas que no se ven en la película?, ¿habrá una versión del director cuando se lance en formato casero?, ¿fue censurada o editada de formas distintas para diferentes países? Existen dos escenas que nunca aparecieron en pantalla: una persona levitando, y el momento en que Dani decide escapar.
Tendré que esperar a que se estrene la versión casera para responder esas preguntas. Por el momento puedo decir que Midsommar es una excelente película que genera inquietud y desasosiego, que rompe los esquemas generales del terror creando una nueva forma de concebirlo.
Pd. Aunque yo siempre preferiré las de fantasmas.

























