Midsommar

Terror a la luz del día

Por @kurenai_alex

Definir propiamente al género de terror es una tarea compleja, sobre todo en la actualidad, momento en que los componentes cinematográficos se mezclan para adaptarse a las exigencias de los públicos. Así podemos encontrar historias de asesinos, enredos psicológicos, fantasmas siniestros, posesiones infernales, y un sin fin más de temáticas que se adhieren como parte del género, y que al mismo tiempo mezclan el drama, el thriller e incluso la comedia. Sin embargo son muy pocas las películas que logran consolidar una historia bien estructurada que no apele al clásico susto de sonido para impresionar al espectador, mantenerlo tenso y finalmente otorgarle lo que quiere: ser asustado.

Jack Reynor y Florence Pugh, Midsommar, Ari Aster, 2019

En algunas ocasiones, los directores realmente logran esa finalidad otorgando trabajos de calidad que generan una revolución en el género y aportan nuevas perspectivas de visualizarlo. Mas, casi por regla general, una vez que un contenido demuestra ser aceptado por el público comienza a ser explotado sin cesar hasta terminar por desgastarse, pues los momentos de susto se vuelven predecibles, reiterativos y cansados. Como muestras se encuentra por ejemplo Ringu (Hideo Nakata, 1998), película que sorprendió y aterrorizó al público gracias a su mezcla de elementos espirituales y tecnológicos como parte del argumento. Pero al ver que era una película eficaz, los productores no demoraron en hacer remakes, secuelas, y un montón de filmes tan similares, que el fantasma de cabellos largos y bata blanca terminó por aparecer hasta en las cajas de cereales.

El mismo fenómeno se desató con otras películas como Paranormal Activity (Oren Peli, 2009); Sinester, (Scott Derrickson, 2012) o The Conjuring (James Han, 2013). Cintas muy bien realizadas, que verdaderamente generaban miedo pero terminaron por convertirse en sagas eternas con universos alternos, spin off, secuelas y precuelas.

Con estos antecedentes ya comienza a resultar peligroso sorprenderse con una nueva película que genere terror; pues sabemos que casi de manera automática se transformará en una franquicia interminable que al final dará más risa que miedo. Debido a esta mal sana predisposición, si bien la llegada de Midsommar de Ari Aster me generó expectativa, ésta vino acompañada de miedo: ¿y si la nueva película era igual a la anterior?, ¿qué tal si al final resultaba no ser impresionante? Después de la salida de Hereditary, en 2018, Ari Aster ganó mucha popularidad, pero como dice el tío Ben de Spiderman: «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», y la suya era entregar un trabajo tan bueno como el anterior o superior a él.

Midsommar, Ari Aster, 2019

En este caso, el director decidió tomar como primicia de su argumento la historia de una joven depresiva y dramática, Dani, quien después de una tragedia familiar decide ir de viaje con su novio Christian, y los amigos de éste, para festejar el equinoccio de verano en Suecia, en una comunidad apartada del resto de la población, que cuenta con costumbres bastante particulares.

Desde luego el tema de las sectas no es nuevo, existen cientos de ficciones y documentales que han utilizado el tema como punto de partida. Sin embargo la manera en que Aster lo retrata realmente supera por mucho a sus antecesoras. No sólo dejó de lado todos los sustos clásicos para concentrarse en guiarnos lentamente hacia un punto sin retorno; sino que además se dio el lujo de cambiar por completo la paleta de color a la que nos tienen acostumbradas las películas de terror o suspenso.

Toda la historia se desarrolla en medio de un ambiente pulcro de verdes, azules y amarillos intensos. En contraste, la ropa de los personajes, blanca e inmaculada desafía la idea de la oscuridad como factor de maldad. Existen algunos desperfectos técnicos en la película, como las hierbas demasiado digitales que crecen en las manos de la protagonista, o algunos cadáveres que no corresponden con el vivo original. Pero también cuenta con muchos aciertos técnicos que superan las imperfecciones, pues con la construcción de cuerpos orgánicos, e incendios reales se le otorgó viveza y realismo a la historia, situación fundamental para un argumento como este.

William Jackson Harper, Will Poulter, Florence Pugh, Jack Reynor, Midsommar, Ari Aster, 2019

Resulta interesante ver la representación de rituales asociados al enamoramiento, que parecen muy propios de las culturas donde predomina el pensamiento mágico religioso visualizados en el entorno de la cultura europea. Factores como el uso de números cabalísticos, sacrificios, danzas y comidas rituales, contribuyen también a la formación del ambiente de esta película, que cuenta con un diseño de producción impecable, runas, dibujos, grabados, hacen parte del decorado en todos los espacios cerrados. Lejos queda la necesidad de la casa siniestra y avejentada, porque en esta historia, las situaciones inquietantes no obedecen a la norma.

Desde luego si somos exigentes y negativos podemos decir que como en otras películas de viajes que terminan mal, los personajes cliché son identificables, pero en este caso cada uno de ellos encierra sorpresas y tratamientos que no suelen formar parte de los universos del género de terror. Aunque ya todos sabemos que en estas historias sólo habrá un sobreviviente (o menos que eso), ese término queda rebasado, pues en este caso no se trata de «supervivencia»; sino de adaptación.

Midsommar no se parece en absoluto a su antecesora, pertenece al mismo género pero crea una nueva forma de representar el terror: lo resignifica. No necesitó sonidos estridentes, espacios oscuros y cerrados, un fantasma de bata blanca, ni un asesino malvado. Porque no existe algo más terrorífico que la naturalidad frente al terror.

Ari Aster continúa apelando a la paciencia e inteligencia del espectador al construir otra historia en la que la suma de detalles conduce a una conclusión necesaria. Ninguna de las escenas fue metida a la fuerza, todas forman parte de un pequeño engranaje, son como gotitas de agua que se vierten sobre un vaso que termina por derramarse.

Las actuaciones son creíbles, sofocantes e inquietantes, hasta los extras, que cambian constantemente, se adaptaron perfectamente a las exigencias del argumento. Sin embargo lo más destacable es el diseño de producción y la mezcla de sonido.

Sólo existe una misteriosa situación que no he podido resolver, ¿porqué el trailer cuenta con escenas que no se ven en la película?, ¿habrá una versión del director cuando se lance en formato casero?, ¿fue censurada o editada de formas distintas para diferentes países? Existen dos escenas que nunca aparecieron en pantalla: una persona levitando, y el momento en que Dani decide escapar.

Tendré que esperar a que se estrene la versión casera para responder esas preguntas. Por el momento puedo decir que Midsommar es una excelente película que genera inquietud y desasosiego, que rompe los esquemas generales del terror creando una nueva forma de concebirlo.

Pd. Aunque yo siempre preferiré las de fantasmas.

Rambo: Last Blood

Por fans y para fans

Por @kurenai_alex

Finalmente llegó a los cines la última entrega de Rambo, personaje icónico del cine cuya primera aparición ocurrió hace 37 años. Basado en la novela del escritor canadiense David Morrell, Ted Kotcheff dirigió este filme cuyos derechos fueron comprados por Warner el mismo año que se publicó el libro (1972) aunque tuvieron que pasar diez años para que finalmente el proyecto pudiera gestarse con ayuda de Carolco Pictures, entonces productora independiente.

Sylvester Stallone en Firsts Blood, Ted Kotcheff, 1982

Rambo (First Blood) es una película que marcó un antes y un después en cine de acción, pues se encargó de crear un nuevo estereotipo de héroe. Así, al mismo tiempo que nos mantenía entretenidos con el despliegue de incesante acción, luchas interminables, carreras feroces y explosiones por todas partes, mostraba también la frustración, los conflictos, y la discriminación sufrida por los soldados que regresaban de Vietnam sin un lugar que los recibiera: en el país al que volvían eran asesinos o perdedores. Kotcheff lo encapsuló magistralmente en el discurso final de First Blood y demostró que también el mal llamado cine comercial, podía mantener una postura crítica y política.

Debido a que lo más importante para la industria es vender productos, el libro de Morrell, y su personaje, fueron modificados drásticamente para generar empatía con el público. Ya en ese momento Stallone mostraba su capacidad para analizar al espectador en su papel de consumidor de cine, la cual lo ayudó a generar a ese personaje oscuro, agresivo y silencioso, pero al mismo tiempo justo y magnánimo, cuyas cualidades superan al promedio pero que siempre serán puestas en favor del inocente.

Con el éxito de First Blood, era obvio que las secuelas no se harían esperar: tres años más tarde apareció Rambo II, y otros tres años después Rambo III. Y en 2008, cuando parecía que Rambo ya sólo era parte de la historia, Sylvester Stallone sorprendió al mundo con Rambo IV: To Hell and Back, escrita, producida, dirigida y actuada por él mismo. Cada una de estas nuevas entregas, en las que el discurso de protesta fue radicalmente olvidado, se alejó poco a poco del personaje de Morrell y creó un universo propio, en el que el héroe, John J. Rambo, podía incendiar el mundo y seguía teniendo el apoyo de los espectadores. Cada una de las nuevas historias presentadas era un pretexto para ver el despliegue de talentos de Rambo en combate.

Sylvester Stallone en Rambo: Firsts Blood Part II, George P. Cosmatos 1985

Lo mismo podía combatir contra vietnamitas, rusos, o la junta militar, ya todos sabíamos que al final John Rambo terminaría desencadenando una guerra de uno contra cientos, ganaría pero terminaría nuevamente solo, con los fantasmas del pasado como única compañía. Esa fórmula funcionó en cada una de las secuelas de la película original.

Aún así, el anunció de Last Blood y la premisa de que esta vez el enemigo sería algún cartel mexicano, sorprendió a muchos, agradó a los fanáticos, desató críticas entre los detractores de la saga y hubo quien se quejó porque ya no existe una diferencia estilística entre Rambo, Rocky o Barney Ross.

A diferencia de otras películas como It (, Andy Muschietti, 2019), el estreno se realizó hasta el viernes y no con la clásica función de media noche. La película estuvo disponible este 20 de septiembre a partir de las 11:30 am, una excelente hora para acudir al cine si no gustas de lidiar con los demás espectadores. Sorprendentemente, pese a ser un día laboral por la mañana, la mitad de la sala estaba ocupada. Es todavía más increíble darse cuenta de que el público que asistió (por lo menos a la función que me tocó) se componía en su mayoría por personas de la tercera edad, que se emocionaban con cada uno de los intrépidos actos del protagonista y sufrían también sus desgracias. He de decir que ha sido el mejor público que me ha tocado este año en una función de cine.

Sylvester Stallone en Rambo: Firsts Blood Part II, Peter MacDonald, 1988

No puedo asegurar que esta sea la entrega final. Ese Stallone es capaz de hacer «Rambo contra la demencia senil» en su afán por perpetuar al personaje, obtener ganancias, seguir de moda ¡o qué sé yo! Sin embargo, es un cierre monumental para una franquicia que logró mantener cautivo al público por más de tres décadas le pese a quien le pese.

La historia cuenta con todos los clichés de las secuelas anteriores, John Rambo finalmente parece haber obtenido una relativa paz mental y estabilidad social cuando un acontecimiento inesperado vuelve a arrebatarle todo lo que posee y él, desde luego, desata una nueva guerra para vengarse de los culpables de su pérdida.

Pero con todos los clichés y el enorme preludio para llegar al punto álgido de la historia, esta película cuenta con una estructura y una producción digna de aplausos. Por principio, está creada de manera independiente: no es necesario conocer el resto de las películas para disfrutarla, sentir empatía por el protagonista o seguir el hilo de la historia. No existen huecos argumentales, todas las preguntas que podrían quedar al aire se resuelven con diálogos, imágenes, referencias o recuerdos. La inversión y el elevado presupuesto sobresalen desde la primera escena, tan bien elaborada que ya desde el inicio nos introduce al universo de Rambo y nos recuerda de lo que es capaz el personaje.

Sylvester Stallone en Rambo IV: To Hell and Back, Stallone, 2008

A excepción de un par de encuadres que hacen un horrible zoom in para acercarse a los objetivos que filman, el resto de la fotografía fue cuidado, ilustrativo, y limpio. La música, a cargo de Brian Tyler, retoma el tema principal de la película original compuesto por Jerry Goldsmith como leitmotiv que nos recuerda que pese al paso del tiempo, a quien acompañamos en esta nueva aventura es nada menos que JOHN J. RAMBO, veterano de Vietnam, ex Boina Verde. Se construyeron otros leitmotiv para distintas situaciones de la película, pero éstos no generan la misma sensación de cercanía que el tema de Goldsmith y se limitan a cumplir con la misión de ambientar las escenas. La música preexistente también hizo su aparición, la mejor de todas las canciones empleadas es sin duda alguna Five to One de The Doors, la cual aparece en dos ocasiones y enmarca un acto de introspección para el personaje.

Esta película incluye algunas sorpresas argumentales, al contrario de Rambo II, III, y IV, la justificación para desatar la ira del personaje realmente se fundamentó apelando a los lazos sentimentales más que a su visceral personalidad. Pero no sólo él se configuró como un personaje más complejo, sino que incluso los enemigos adquirieron un nuevo nivel de profundidad, una personalidad que permite detestarlos y ver con buenos ojos cada uno de los siniestros actos del protagonista. Al mismo tiempo es la película más sangrienta de la saga y la más agresiva. No hay manera de no quedar sorprendido con los diálogos o acciones de los malos. Sobre todo frente al descaro de mostrar la colusión entre autoridades y traficantes de blancas de manera directa.

La experiencia de Adrian Grunberg como director de la segunda unidad de la serie Narcos: México, fue aprovechada perfectamente por Stallone en esta entrega, pues los diálogos y secuencias en las que los malos aparecen resultan siniestramente creíbles y reales.

En los dos últimos años de mi vida me he dedicado a crear una tesis completa que aborda la creación del personaje en todos sus universos a través de la hermenéutica, y puedo asegurar que esta es la mejor secuela realizada. Desde luego no se acerca ni por asomo al precedente que creó First Blood, pero cumple con ser una película entretenida, con actuaciones destacables, y producción favorable. Si este fuese el final, no podría haber mejor forma de terminar. Ahora, esperemos que de verdad sea el final y que no nos sorprendan con la aventuras animadas de Gasparían versión Rambo o algo semejante.

Los confines

Cine estudiantil independiente

Por @kurenai_alex

«Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora. Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.» Diles que no me maten, Juan Rulfo

Basada en Diles que no me maten, Talpa y un fragmento de Pedro Páramo de Juan Rulfo, se presentó este jueves 19, en la Cineteca Nacional de México, Los confines, película de 1987 dirigida por el cineasta Mitl Valdez, como parte del ciclo Conversando con nuestros protagonistas, que en esta edición decidió proyectar trabajos de la actriz María Rojo.

La dirección de la conferencia estuvo a cargo del cineasta Juan Antonio de la Riva, quien junto a María Rojo, hizo un recuento de la trascendencia de la película, pues no sólo «refleja la esencia de Rulfo» como declaró el cineasta, sino «también representa esa nueva etapa del cine mexicano: el cine estudiantil», el cual, al igual que el cine de autor independiente, se oponía estética y argumentalmente al cine de ficheras, producido durante esas décadas. Esta película, de acuerdo con Rojo y De la Riva, fue la única reconocida por Rulfo como una adaptación fiel de sus trabajos, e incluso felicitó al director y le otorgó los derechos para realizar otra película basada en sus trabajos.

«Sólo a Rulfo se le cree que los muertos hablan […] Rulfo es el hombre que en una frase nos regala una historia» señaló María Rojo y añadió que Mitl Valdez ha sido el único capaz de transportar los paisajes de Rulfo y lograr que los actores encarnen a sus personajes, mostrando la sensualidad, el misterio, y los sentimientos más entrañables a través de un «ritmo cadencioso» a lo largo de toda la cinta, que permite «reconocer en pantalla nuestra propia forma de ser».

Juan Antonio de la Riva y María Rojo en la presentación de Los confines                     Foto: Manuel Pineda 

Al análisis se sumaron los datos curiosos de la película, que tuvo que ser detenida mientras se filmaba un fragmento de Talpa, debido al escaso presupuesto con el que contaba al ser un proyecto financiado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Asimismo, después de su rodaje tuvieron que pasar cinco años para llevar a cabo su estreno.

Juan Antonio de la Riva y María Rojo en la presentación de Los confines                     Foto: Manuel Pineda 

La película, mezcla de forma consistente tres universos de Rulfo, para llevarnos a experimentar «la culpa», en distintas situaciones. Todos los personajes que presenta Mitl Valdez viven siguiendo sus propios cánones, alejados de los juicios ajenos, pero al mismo tiempo son incapaces de liberarse de los sentimientos de culpabilidad que se ciernen sobre ellos. Y aunque la culpa es, quizá, el hilo conductor de las historias, existe otro sentimiento que se incrusta como cómplice y titiritero de los protagonistas de cada historia: la pasión.

Todos los personajes se dejan arrastrar por la pasión hasta llegar a un punto sin retorno, y tal como ocurre en el libro, después de cada arrebato pasional no les queda más que vivir las consecuencias que desatan dejandose caer al vacío. La culpa se hace presente entonces, ya sea de manera material o fantasmal, pero no abandona jamás ni al asesino, la pareja incestuosa, la esposa y el hermano que cometen adulterio, o el joven que llega a un pueblo en apariencia desierto en busca de un lugar para pasar la noche.

Ernesto Gómez Cruz en Los confines (Mitl Valdez, 1987)

La adaptación es bastante fiel a los textos de Rulfo, pues de manera ingeniosa nos muestra distintos niveles de profundidad, pues las narraciones se construyen a través de recuerdos en los recuerdos, y cuenta además con recursos técnicos muy bien empleados, sobre todo en el aspecto sonoro. Carlos Aguilar fue el encargado de este apartado y logró verdaderamente crear un ambiente de suspenso, al despertar un sentimiento muy cercano al miedo gracias a la mezcla de música incidental y sonidos ambientales.

Por otra parte, los discursos de los personajes son fieles a la obra del escritor, y aquellas escenas descritas perfectamente por Rulfo a través de las palabras, fueron capturadas con imágenes por el lente de Valdez.

Ana Ofelia Murguía y María Rojo en Los confines (Mitl Valdez, 1987)

Los actores son otro punto a favor de este trabajo. Con naturalidad interpretan a esos seres pasionales carcomidos por la culpa y la desesperación de no verse libres de ella. De manera soberbia Ernesto Gómez Cruz encarna a Juvencio Nava, (personaje de Diles que no me maten) sus gestos en pantalla se complementan con el monólogo interior en voz en off, de manera tan magistral que uno no puede menos que pedir que no lo maten.

Esta película es una muestra de calidad, no sólo por la forma de adaptar una obra literaria al lenguaje cinematográfico; sino también por la manera de crear un universo sólido incluso con recursos mínimos. Sin duda un material imperdible que debe ser puesto al alcance del público, y valorado por su riqueza fílmica. Además de demostrar que el cine mexicano tiene calidad técnica y personal con vocación para crear obras audiovisuales.

La camarista

Otra película de clichés y estereotipos

Por @kurenai_alex

«Ingeniosa», «llena de calidez humana», «crítica de las desigualdades sociales» y otra gran lista de atributos son los que se utilizan para referirse a La camarista, cinta del año 2018, dirigida por Lila Avilés y recientemente seleccionada por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas como representante de México en la próxima entrega del Óscar.

Gabriela Cartol en La camarista de Lila Avilés

La sinopsis, que es exactamente igual en los sitios de internet de Tomatazos y la Cineteca Nacional de México resumen la película así: «una solitaria camarista de un lujoso hotel de la Ciudad de México, se enfrenta con tranquilidad a la monotonía de sus largos días de trabajo. Su deseo por ser alguien más la hará descubrir diferentes universos y sueños detrás de las pertenencias de los huéspedes que alberga el lugar.»

Después de ver ambas sinopsis me pregunto con seriedad ¿qué película vieron?, ¿en qué momento el personaje, la cámara o la música (que en realidad es inexistente casi hasta el final) nos indicaron que ella quería ser alguien más? Se le veía bastante cómoda en su papel sumiso y abnegado. En realidad esa podría ser la parte más interesante de la película: la camarista, sometida, que pese a reconocer la existencia de otros mundos añora para sí únicamente la posibilidad de servir a uno de los huéspedes del piso 42. La camarista no quiere ser uno de ellos, porque sabe que en la realidad en la que habita ese deseo sería irrealizable, por lo cual debe conformarse con anhelar fantasías al alcance de su estatus social.

Ese mensaje terrible, tal vez puesto de manera involuntaria en esta película que muestra de forma agresiva la realidad de un sector poco favorecido de la población mexicana, es lo verdaderamente rescatable del argumento.

La camarista narra la historia de Evelia, una joven de 24 años, que como indica el nombre de la película, se dedica a la tarea de mantener limpias, ordenadas y perfectas las habitaciones de un lujoso hotel de la Ciudad de México. Sus días transcurren a la espera de lograr ser asignada para el piso 42, en el que se hospedan los mejores clientes.

Gabriela Cartol en La camarista de Lila Avilés

Al inicio de la película Evelia desea, por encima de todo, obtener el puesto de camarista del piso 42 y un vestido rojo que algún huésped abandonó u olvidó. En medio de la monotonía de su agotador trabajo, encuentra consuelo en pequeños detalles que le permiten hallar un vínculo con aquellos que se hospedan en las habitaciones, aunque para ellos Evelia no es más que un ente ajeno a sus perfectas y ocupadas vidas. Pero conforme la trama avanza todos esos detalles quedan en el olvido al incorporar situaciones y personajes que no le aportan otro ángulo o mayor profundidad al personaje; por el contrario abren una serie de pequeños subtemas desplegados de la historia principal que evitan que el punto álgido de la historia se perciba como clímax.

Para fines prácticos, el personaje no trata de evolucionar sino hasta el final de la película. Siguiendo esta idea la película bien pudo comenzar con los primeros 25 minutos y saltarse al final sin perder la parte valiosa del argumento.

Por otra parte, Gabriela Cartol difícilmente cambia de expresión. Puede estar masturbándose o recogiendo las sábanas sucias pero su rostro permanece impávido. Y debido a la inexistencia de música que nos indique qué emoción está atravesando por su cabeza nos quedamos con un vacío sentimental que nos impide conectar con el personaje.

Gabriela Cartol en La camarista de Lila Avilés

Se suman ademas otra serie de detalles, como el hecho de no poner un subtítulo al libro que ella observa al entrar en la habitación que está ocupada por un japonés. Es comprensible que Evelia, en el papel que decidieron otorgarle, no entienda qué dice el libro y se quede maravillada porque está en otro idioma, pero nosotros como espectadores omniscientes necesitamos saber la traducción para comprender el significado del regalo que el huésped le hace. En este punto se encuentra también el hecho de no acercar la cámara para mostrarnos qué escribe en el papel que le entrega a su enamorado.

En resumen, aunque la película ha recibido muy buenas críticas ni el argumento ni su técnica representan una verdadera novedad. Es una película de festival: escenas largas y contemplativas, encuadres bien cerrados para retratar de forma exagerada las emociones, trayectorias cámara en mano para seguir a la protagonista, además del uso del cliché naturalista para plasmar una realidad que al final resulta ajena, no porque la representación carezca de realismo; sino simplemente porque nunca se logra una conexión real entre los problemas del personaje y el espectador.

Más que mostrar una historia, una denuncia social, un reclamo o una crítica, parece un trabajo audiovisual creado para obtener premios a través del exhibicionismo descarado de un sector desfavorecido de la población mexicana visto desde una lente ajena a sus problemáticas. Sin contar con la perpetuación del estereotipo de «rasgos indígenas igual a pobreza y marginación».

Desde mi perspectiva esta es otra historia naturalista construida con base en clichés, estereotipos mal entendidos, incapaz de generar empatía. Continuaré esperando que los nuevos cineastas mexicanos decidan apostar por algo verdaderamente novedoso: en cualquier género o que al menos como acto de sublevación decidan poner un actor caucásico en el papel del pobre sufridor que enfrenta la vida cotidiana, en lugar de perpetuar el estereotipo eterno del indígena sometido.

Rocky

La leyenda continúa

Por @kurenai_alex

No hay duda de que Sylvester Stallone es una de las figuras más grandes del cine hollywoodense de acción. Su participación en el ámbito cinematográfico va desde guionista hasta protagónico de sus propias películas, y las de muchos directores más. 

Sylvester Stallone en Rocky (Avildsen, 1976)

Su carrera como actor comenzó en el ámbito considerado el patito feo del cine: el porno. Pero su empeño y dedicación lo llevaron pronto por rumbos distintos. Para 1975 había participado por lo menos en nueve cintas, entre ellas Bananas (1971) de Woody Allen, pero fue hasta 1976 cuando su carrera despuntó. La película que lo colocó en la cima del éxito, y en la mira de directores como Bruce Malmuth o John Huston, no es otra que Rocky, la famosa historia del boxeador italo-estadounidense que de buenas a primeras consigue triunfar en el mundo del boxeo americano.

Fue en 1976, cuando un joven Sylvester, inspirado por la pelea entre Chuck Wepner, un boxeador prácticamente desconocido entonces, y el ídolo Muhammad Ali, se dio a la tarea de escribir el guión para realizar una película. Pero una vez que tuvo el guión, conseguir una casa productora que decidiera financiarlo no fue sencillo. El problema principal era que Stallone estaba decidido a encarnar el papel principal de la historia. 

Aunque el guión era llamativo, especialmente por su final un tanto inesperado que iba en contra de los cánones tradicionales del final triunfal, motivo por el que Avildsen decidió dirigir la cinta, los productores no creían conveniente poner a un desconocido en pantallas. Buscaban, como siempre, la fórmula ya probada de utilizar un rostro conocido para captar de inmediato a la audiencia. Sin embargo, Stallone se negó rotundamente. 

Después de una serie de dificultades, y con un presupuesto ridículo de 950,000 mil dólares, finalmente el rodaje de Rocky comenzó. El final de la historia todos lo conocemos, la película fue, y sigue siendo un éxito mundial, cuenta con siete secuelas y un sin fin de fans; todo esto sin hablar de la banda sonora, a cargo de Bill Conti, que se quedó grabada en la memoria de toda una generación, y de los múltiples premios que recibió la cinta, entre ellos el de Mejor película en los Óscares. 

Sylvester Stallone y Talia Shire en Rocky (Avildsen, 1976)

El argumento del filme es de sobra conocido, aun así haré un pequeño resumen. Rocky Balboa es un boxeador italo-estadounidense, que vive en los barrios bajos de Filadelfia. Para ganarse la vida se dedica a cobrar las deudas de Gazzo, amedrentando a los morosos que no pagan, además de participar en peleas de boxeo para aficionados. Por desgracia no le va bien ni en lo uno ni en lo otro. Por una parte, Rocky no es capaz de golpear por las buenas a los deudores, y por otra, su carrera como boxeador va en picada. La vida de Rocky se estanca y él mismo comienza a considerarse un fracasado. Ni siquiera su muy reciente relación con Adrian, hermana de su mejor amigo, lo rescata del abismo en el que se hunde lentamente.  

Sin embargo, Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, al menos eso dice la película, y por azares del destino Rocky es invitado a competir por el campeonato mundial de pesos pesados contra el campeón Apolo Creed. Y ahí, la vida de Rocky comienza de nuevo…

Sylvester Stallone y Carl Weathers en Rocky (Avildsen, 1976)

Este es sólo el inicio de lo que sería una de las sagas más exitosas de la historia del cine comercial de Hollywood. Y no es que Rocky sea una obra de arte, simplemente es una cinta con un buen argumento y un trabajo actoral bastante decente. 

Lo que sí no se le puede negar es que cada una de las escenas de la película es un retrato del viciado mundo del boxeo en sus diferentes niveles. Y lejos de requerir un sobre análisis en busca de un significado oculto, de los simbolismos o el mensaje de superación, la película lanza de forma clara y quizá hasta involuntaria mensajes bastante directos. 

Haya sido o no la intención de su guionista, en la cinta se aprecian una serie de circunstancias sobre las que valdría la pena reflexionar. Vemos a los entrenadores tratar a sus estrellas como meros trozos de carne, lanzándolos a un ring con el único fin de conseguir dinero; a la multitud aplaudiendo el salvaje espectáculo; al hombre frustrado por la monotonía y el estancamiento, producto de los roles que desempeña en una sociedad en la que lo que importa es el mote que llevas, y una gran lista de circunstancias que no son ajenas a la realidad. Incluso hay un par de diálogos que pueden ponerte a pensar: «no te recordarán sino por tu reputación» o «tienes que ser imbécil para querer ser boxeador». 

Sylvester Stallone en Rocky (Avildsen, 1976)

Haciendo a un lado todas las posibles interpretaciones que pueda tener la cinta, Rocky es una de esas películas que cumple su cometido. No sólo es entretenida; sino que logra la identificación del protagonista con el público, a tal grado que no importa cuántas veces la hayas visto, en todas tienes la esperanza de que El semental italiano remonte la pelea y salga victorioso (y créanme, no importa cuánto grites nunca gana). Sin embargo, aunque lógicamente Rocky pierda en cada ocasión que ves el filme, no resulta decepcionante. Por el contrario, te deja esa extraña sensación de final de Champions League, en la que aunque muy merecidamente gane el Bayern, te sientes satisfecho porque su contrincante dio todo en el encuentro. 

Aunado a ello, es una de esas películas que puedes ver tantas veces como quieras sin cansarte. Se encuentra filmada de forma dinámica y durante los combates utiliza el mismo lenguaje de cámaras que se visualiza en las peleas de box hasta la actualidad, lo cual es un punto  a su favor. Si ya viste Rocky, no importa, ¡puedes verla otra vez! Y si no la has visto, es momento de que lo hagas. Y recuerda no importa que sea cine comercial, cine de arte, cine de autor, cine de culto, etcétera, porque al final el nombre que se le da no es más que una clasificación, una denominación que tiene sentido sólo para las fichas técnicas. Lo importante es disfrutar de las cintas, aprender de ellas, sean buenas o malas desde nuestra perspectiva, y ver de todo, porque finalmente es así como formamos un criterio propio en torno a cualquier tema ya sea arte, cultura, e incluso la vida cotidiana.    

Madame Satã

«Yo decidí ser una reina, y eso no me hace menos hombre» João Francisco Dos Santos

Por @kurenai_alex 

Los años treinta, la discriminación racial, la lucha de clases, el abuso del poder, los prejuicios sociales, la pobreza extrema y los infortunios más grandes es lo que nos muestra Karim Aïnouz en su obra maestra Madame Satã.

Para Aïnouz, como para muchos otros, Madame Satã sólo figuraba como el nombre de un conocido night club en Sao Paulo. Pero tras una serie de casualidades se daría cuenta de que detrás de él se escondía una historia digna de ser filmada y conocida.

Lázaro Ramos en Madam Satã

La película empieza con un plano cerrado, un close up al rostro golpeado de un hombre joven de mirada triste. Mientras lo observamos, la voz en off de un juez recita sus múltiples crímenes entre los que se encuentran: violencia, resistirse a la autoridad, robo, pederastia pasiva, prostitución, faltas a la moral y otro tanto en la lista. Un momento después la escena cambia, llevándonos de la mano hasta el recital musical de una mujer que narra Las mil y una noches mientras el mismo joven que ha sido juzgado la observa con admiración imitando sus movimientos; y más tarde arrastrándonos a su lado a las entrañas de un tugurio de dudosa reputación en un pequeño barrio de Brasil. Esta serie de contrastantes escenas son sólo el inicio para contextualizarnos en la historia de João Francisco Dos Santos…

En medio de la pobreza en el barrio de Lapa, lugar conocido por su vida nocturna, en los años 30, es donde se desarrolla la mórbida historia de João, un joven de compleja personalidad que sueña con convertirse en una estrella, o mejor dicho una diva, y darse a conocer al mundo. La vida del chico no es sencilla, vive en uno de los sitios más pobres, rodeado de criminales, prostitutas, corrupción y mucho, mucho más. Pese a realizar un excelente trabajo en un cabaret, como asistente de la cantante principal, sufre los constantes ataques de racismo por parte de ésta, que debido al color de su piel se ensalza en discriminarlo. Aunado a ello, el dueño del local se niega a pagarle por su trabajo, dándole a entender que el tenerlo allí debería ser paga suficiente para él. 

Si bien durante su trabajo en el cabaret, el joven, de 1.82 centímetros de altura y 90 kilos de músculo puro, es tranquilo y soporta todas las humillaciones a las que lo someten, fuera su personalidad es completamente distinta, pues al llegar a su territorio se vuelve capaz de todo con tal de defender la integridad de sus amigos, dejando en segundo plano la suya.   

Pero, detrás de ese joven sobreprotector, romántico y atento, capaz de recitar versos al hombre de sus sueños y de cuidar de los suyos aun a riesgo de su propia vida, hacer de padre adoptivo para la hija de su amiga, defensor del honor y la virilidad como características esenciales de un «hombre verdadero», se esconde una tercera personalidad, la del ladronzuelo seductor que atrae a los hombres a su cuarto para quitarles el dinero sin siquiera prestar sus servicios sexuales, además de explotar a otros homosexuales para conseguir fondos para sobrevivir. 

Lázaro Ramos en Madam Satã

Un buen día, cansado de las injusticias por parte de sus patrones en el cabaret decide cobrar su paga por las buenas o por las malas, y como las buenas no funcionan no le queda más que la segunda opción. Por desgracia João no cuenta con que el dueño del cabaret no se quedará tranquilo hasta ver su dinero de regreso y al joven tras las rejas. 

Luego de una breve estancia en prisión, João decide que es momento de cumplir sus sueños sin importar que el mundo esté a favor o en contra de él…

Desde luego este es sólo el inicio de la película y claro, también fue el inicio de la vida de Madame Satã, un hombre que pese a las adversidades logró su sueño de convertirse en una de las figuras más importantes del Carnaval de Río en la primera mitad del siglo pasado. Está película de Aïnouz se basa precisamente en ese personaje mítico que es, hoy en día, una referencia dentro del mundo nocturno, los cabarets y los carnavales.   

La preparación del rodaje le llevó a Aïnouz alrededor de un año, en el que se dedicó a conocer a fondo al personaje, los lugares que frecuentaba, las personas a las que conocía y cada una de las facetas de su vida. Y aunque el mismo director declaró que preparó hasta el más mínimo detalle para tener la grabación controlada en un cien por ciento, al final decidió darle una mayor naturalidad a la historia y dejar los apuntes de lado para lograr que la cinta no se viera como una simple actuación, sino como una traslación de la realidad a la pantalla. Para ello pidió a los actores principales que se reunieran, se conocieran e intimaran, para conseguir un ambiente de confiabilidad que es difícil conseguir con extraños que se ven sólo para filmar.

Lázaro Ramos en Madam Satã

Al final, sus múltiples investigaciones y sus técnicas para enlazar a los personajes dieron como resultado una excelente película que figura dentro de la nueva ola del cine brasileño, y que además da a conocer a un personaje emblemático de su cultura, que como el mismo director ha declarado: muestra «su postura de resistencia en un país donde la exclusión de la sociedad es una regla mas que una excepción», y eso fue precisamente lo que lo atrajo al personaje y a la creación de la cinta. 

La película de Madame Satã, es la mezcla perfecta entre la biografía de un personaje, el retrato de una sociedad y una denuncia a la intolerancia y el racismo sin caer en clichés. Por otra parte, la decisión de Aïnouz de enfocarse precisamente en esa etapa de la vida de João sirvió para capturar en plenitud la esencia del controvertido personaje interpretado por Lázaro Ramos, excelente actor que además contaba con la particularidad de cumplir de forma perfecta con el perfil físico de Madame Satã, y quien hizo una apuesta arriesgada al aceptar la interpretación. 

El trabajo en conjunto de actores, director y equipo técnico fue reconocido por la crítica mundial, lo cual se reflejó no sólo en la aceptación de la cinta por parte del público que tuvo la oportunidad de verla; sino también en las nominaciones y galardones que ésta recibió. 

Por desgracia, pese a ser una excelente película que ha sido llevada a diversos países, no es muy conocida y pasó casi desapercibida para el público en general. Sin embargo, usted no puede perdérsela para crear su propia opinión no sólo sobre la cinta sino también sobre las problemáticas que aborda.

Título: Madame Satã; Dirección y guión: Karim Aïnouz; Fotografía: Walter Carvalho; Música: Marcos Suzano & Sacha Ambak; Reparto: Lázaro Ramos, Marcelia Cartazo, Flavio Bauragui, Felipe Marques, Emiliano Queiroz, Renata Sorrah; Año: 2002; País: Brasil/Francia; Duración: 105 min.

Blinded by the Light

El soundtrack de una vida

Por @kurenai_alex

A lo largo de nuestra vida cotidiana, cada uno de nosotros ha construido un soundtrack particular. Parece que cada canción que nos acompaña se dirige a nosotros de forma personal, nos narra una historia, crea una nueva o acompaña un recuerdo. Y dentro de ese playlist creado a través de nuestra propia experiencia, existen canciones y artistas específicos que parecen dirigirnos mensajes exclusivos, que nos ayudan a replantear un pensamiento, un comportamiento, a conocer algo nuevo o experimentar una situación distinta.

Kulvinder Ghir, Meera Ganatra, Viveik Kalra y Nikita Mehta en Blinded by the Light

Ese es más o menos el tema abordado en Blinded by the Light, último trabajo de la directora británica Gurinder Chadha, conocida por película como Angus, Thongs and Full-Frontal Snogging (2008) o Paris, je t’aime! (2006).

En esta película Chadha decidió retomar la vida del reportero británico Sarfraz Manzoor, con quien además coescribió el guión, para presentar la vida de un chico inglés de ascendencia paquistaní, que debe enfrentar la discriminación, limitaciones económicas, a su familia; pero sobre todo sus propios prejuicios y barreras mentales para perseguir su sueño de convertirse en escritor. En su duro trayecto el chico conoce a Bruce Springsteen, o al menos su música, y decide que utilizará sus palabras como guía, puesto que estas logran conectarse con él en un nivel que ni siquiera las personas logran.

Viveik Kalra en Blinded by the Light

La película, que por momentos parece más bien una comedia romántica, presenta una serie de temas políticos y sociales que continúan vigentes pese al paso del tiempo. Aunque claro, al mismo tiempo lanza una serie de descaradas moralejas que apelan a los temas cliché del cine de los últimos años: la familia y la amistad.

Sin duda la trama es un tanto plana, pues realmente no existe un GRAN clímax, más bien se forma por una serie de pequeñas circunstancias que al final tienen una consecuencia obvia. Aún así, la película, es entretenida y tierna, no hay mejor palabra para describirla. A través del personaje de Javed, nos introducimos en la vida ordinaria de un adolescente de los años 80, sus experiencias, deseos y expectativas.

El esqueleto de la película se construye a través del testimonio del propio Javed, quien narra sus experiencias, la cámara objetiva, que como dios omnisciente nos lleva a presenciar el mundo de Javed, y la música, que desempeña el papel más importante al fungir como vínculo entre el mundo físico/exterior de Javed y su mundo interno e ideas. Y aunque la música es fundamental, e incluso existen un par de números musicales, este filme no pertenece al género del musical, a diferencia de películas como Across the Universe (Julie Taymor, 2007) que más parece un pretexto para escuchar canciones que la construcción de un argumento, Blinded by the Light sí logra crear una historia propia e independiente, en la que la música es el complemento.

Fotograma de Blinded by the Light

Los aplausos en el campo de la actuación definitivamente son para Viveik Kalra, en el papel protagónico, Kulvinder Ghir, en el papel del padre, y Meera Ganatra como la madre, pues son ellos quienes construyen todo el conflicto y al mismo tiempo buscan las soluciones a él. Viveik Kalra logra con una sola mirada mostrar su frustración, preocupación, tristeza, felicidad o enamoramiento sin siquiera tener que decir una palabra.

Sin duda esta película es un excelente trabajo fílmico recomendado para comenzar a interesarnos por la historia política y los antecedentes migratorios en Inglaterra, desplazarnos por las calles del lugar hace más de tres décadas, pues los escenarios realmente buscaron recrear los lugares por medio del diseño de producción, y además conocer o reencontrar la música de Bruce Springsteen al mismo tiempo.

El poder de la música para transmitir sentimientos y emociones es increíble, más sorprendente es su capacidad para cambiar el estado de ánimo, e incluso el actuar de las personas; y todavía más impresionante es la forma en que logra que los individuos más diversos se conecten a través de ella.

Son muchas las películas que han tratado de mostrar la trascendencia de la música como medio de comunicación, generadora de revoluciones, iniciadora de romances y mucho más, pues los universos que giran en torno a ella son simplemente inagotables. Y aunque Blinded by the Light no es la más novedosa de las historias, por lo menos es un material que se disfruta pese a las dosis constantes de moralidad incrustadas, porque al final la mejor lección que podemos aprender es que la música nos conecta más allá de su nacionalidad y nos permite redescubrirnos como individuos.

Crazy Eights

Las malas también entretienen

Por @kurenai_alex

En años recientes la producción de películas de terror ha crecido exponencialmente. Sin embargo, con su explotación, los guiones, argumentos y actores se han ido deteriorando hasta dar paso a una mezcla tan extraña que muchas veces ya no sabemos si lo que vemos es comedia o terror. Desde luego este fenómeno no es privativo del género. Basta con echarle un vistazo a una de las últimas sagas de vampiros estrenada en cines para comprobar que dentro de la industria cinematográfica está ocurriendo un fenómeno extraño, en el que lejos quedan las poéticas escenas que nos otorgaron personajes del mundo del cine como Fritz Lang, Fedérico Fellini, Andrei Tarkovsky o Akira Kurosawa.

Pero ello no significa que todas las películas sean malas o que el buen cine esté desapareciendo. Simplemente que la industria está evolucionando de acuerdo a su contexto.  Mas con todo y sus defectos de producción, diseño, estructura, etcétera, estas películas no dejan de consumirse y de acrecentar los millones de dólares que percibe la industria, sobre todo si hablamos de cine hollywoodense. Después de todo y aunque le pese a muchos puristas que consideran que el cine debe ser arte y nada más, éste no deja de ser una gran empresa, y como tal, busca generar dinero, y si con ello hay que sacrificar un poco la estética o la lógica, para mostrar en pantallas una serie de imágenes que atrapen al público, definitivamente lo hará.

Ya podrán quejarse Jean Louis Comolli u otros, sobre la creación del cine que adormece al espectador, y no por ello desaparecerá. Por otra parte, cada cinta, sin importar qué tan absurda resulte para algunos es al final entretenimiento para otros. En términos prácticos: las malas también entretienen. Tal es el caso de Crazy Eights, y es que si hay una película que tenga material para criticar y reír a carcajadas es esta producción de James Koya.

La historia va así: después de 20 años, seis amigos se reencuentran, pero no para charlar y recordar; sino para el funeral de un séptimo, que misteriosamente ha dejado en su casa instrucciones precisas para llegar a la cápsula del tiempo que escondieron juntos cuando eran niños. Siguiendo los clichés clásicos todos deciden ir al lugar de sus pesadillas: una siniestra clínica en la que experimentaban con ellos en su infancia, sólo para recuperar la dichosa cápsula. Pero ahí el terror los aguarda.

Esta película, producida en 2006, cuenta con las actuaciones de Traci Lords (popular actriz porno del 84 al 86), Frank Whaley, Dina Meyer, Gabrielle Anwar, George Newbern, Dan DeLuca, Karen Berris, Michael Gabel, Joe Hansard y Jason King, y además cuenta también con todos y cada uno de los clichés de películas de terror. El carro que se descompone a la mitad del bosque; el fantasma del vestido blanco que por cierto, en un inicio, es el de una niña de siete u ocho años y al finalizar la película el de una mujer de 30 o 40; muertes sin sentido y lo mejor de todo ¡sangre que parece salsa de tomate! 

A cada paso la trama se vuelve más enredada, tanto que al final ya no sabes quién es el malo o si en realidad hubo un malo. Los errores de continuidad son más evidentes que los fraudes políticos, y cada nueva situación a la que se enfrentan los personajes es más inverosímil que la anterior. Esta es definitivamente, una película que no puede dejar pasar si busca convertirse en un crítico experto en buscar errores en los filmes, desde los movimientos de cámara hasta las actuaciones le dejaran una grata experiencia, puesto que cada elemento es digno de ser criticado y corregido. 

Claro que si usted es más bien del tipo que piensa que sólo hay que ver “buen cine”, primero comience por definir qué es “buen cine” y segundo no pierda su tiempo en esta cinta. Para finalizar basta decir que para poder reconocer entre una producción cinematográfica de calidad hay que tener bases de comparación de lo contrario los argumentos críticos pierden legitimidad. Y créame, sin importar qué sea lo que se vea, siempre aprenderá algo nuevo, en este caso, por lo menos aprenderá qué no se debe hacer en una película de terror.    

La víspera

«El cine independiente de los 80 es como decía Maryse Sistach «es un cine de tortas y chaparritas»» Alejandro Pelayo

Por @kurenai_alex

Este 12 de septiembre se presentó, en la Cineteca Nacional de México, La víspera (1982) del director Alejandro Pelayo, como parte del foro Conversando con nuestros protagonistas, que en esta ocasión han contado con la presencia de la actriz María Rojo. Dentro de la presentación, el director y la actriz, quienes colaboraron juntos en este trabajo, narraron las anécdotas que hicieron posible la creación de este filme que es, en palabras de la actriz «una de las mejores películas políticas que se han hecho en México».

Alejandro Pelayo y María Rojo en la presentación de La víspera (1982)

Durante la época que fue filmada la película, el cine se producía mayoritariamente en formato de 35 mm; mas, la ópera prima de Pelayo se grabó en formato de 16 mm a blanco y negro. Debido a la falta de presupuesto para realizar cine de autor en aquella década en la que las películas de ficheras y narcos llenaban las pantallas y televisores. Fue así que Pelayo aceptó la oferta de Federico Weingartshofer, quien tenía algunos rollos de una producción anterior y decidió donarlos para que el proyecto viera la luz.

Pero esta no es la única anécdota curiosa en torno a La víspera. La filmación duró únicamente 12 días, mientras que la construcción del guión se realizó en cuatro años. Asimismo, el director trató de volcar su fascinación por el cine de Fellini incluyendo una interpretación de Stormy weather, melodía utilizada en Le notti di Cabiria de 1957.

Stormy weather, Le notti di Cabiria, 1957, Federico Fellini

Otro dato curioso es que la película, además de contar con un excelente elenco frente a cámaras y otorgarle su primer papel protagónico a Ernesto Gómez Cruz, contó con la participación de un muy joven Alfonso Cuarón, quien tuvo a su cargo la tarea de sostener el boom con el micrófono.

«Cada película responde a su contexto, y esto era lo que se podía hacer en los años 80: era el cine independiente de esos años», declaró Pelayo para referirse a este trabajo que se realizó con un escaso presupuesto, a modo de colectivo y gracias a la participación y la pasión de un gran equipo de producción. De acuerdo con el director de la Cineteca , la forma más precisa para definir al cine independiente de los años 80 en México, es la explicación de la directora Maryse Sistach, quien se refirió a éste como un «cine de tortas y chaparritas», debido al escaso presupuesto con el que contaban los artistas para realizar sus obras y el nulo apoyo gubernamental.

Ernesto Gómez Cruz, La víspera, 1982

La víspera es un trabajo sorprendente por su calidad histriónica, su aprovechamiento de recursos técnicos, la novedad del tema que aborda y la madurez, proximidad y profundidad con la que se presenta, pues narra la historia del ingeniero Manuel Miranda un político, en medio de la transición presidencial, que espera con ansiedad recibir «la llamada, primero del secretario presidencial y después del mismo señor presidente» para comunicarle que ha sido seleccionado para formar parte del nuevo gabinete.

Aunque la interacción entre los actores es obvia y necesaria, muchos de los diálogos se componen como pequeños monólogos, generalmente tomados en big close up, en los que vemos claramente el reflejo de la nostalgia por el pasado, y al mismo tiempo la incertidumbre por el futuro de personajes que continúan anhelando las glorias, y el poder de antaño. Porque si hay un tema preponderante en toda la película es sin duda el ansia de poder.

Por medio de los diálogos se hace un recuento de la historia de la política mexicana, desde Adolfo Ruiz Cortines (presidente de 1952 a 1958) hasta la llegada de los tecnócratas al poder y la entrada del neoliberalismo, que reconfiguró la vida de millones de mexicanos. Existen frases agudas y breves que resumen la visión de los políticos mexicanos: «el problema de los funcionarios mexicanos es la credibilidad». Y otras frases se convierten en máximas: «muchos dicen que la historia se repite. Es mentira. La historia la escribe quien tiene el poder».

Ernesto Gómez Cruz , La víspera, 1982

Y mientras examinamos esa ansia que consume a todos los participantes y allegados al ingeniero Miranda, asistimos también a la formación y transformación de otros personajes, principalmente de Margarita (María Rojo), quien se queda a lado del ingeniero por el puro placer de su compañía, también es la que no desea volver al mundo de la política, y la única que acepta la realidad para dar paso a su propia evolución.

Ana Ofelia Murguía e Ignacio Retes, La víspera, 1982

Realmente es de agradecerse el esfuerzo del director y guionista por presentar una película plagada de diálogos inteligentes que apelen al razonamiento del espectador y no presentar una sátira simple de un tema mil veces tratado, pero pocas veces profundizado, como lo es la política.

A diferencia de otras películas como La sombra del caudillo (Julio Bracho, 1960), la cual sufrió censura y mutilación debido a la manera de exponer a los políticos de su época, La víspera corrió con la fortuna de no ser censurada pues como el mismo director señaló «no hubo censura porque no pasó por los circuitos comerciales», declaró Pelayo, sin embargo, ello impidió que se distribuyera a gran escala y pese a haber ganado cuatro premios Ariel, tuvo que ser distribuida tal como fue producida: de manera independiente.

Vale la pena revisar esta película, analizarla y disfrutarla como cinta, como testimonio audiovisual de la manera de producir cine independiente, y como un retrato de la humanización de la figura de los políticos que en muchas ocasiones terminan por olvidar que sin importar su puesto público continúan siendo personas.

Noroi

Una película de terror que sí asusta

Por @kurenai_alex

«Los nombres de personas y organizaciones en esta película han sido parcialmente cambiados. Este video se considera perturbador para el espectador […] En 2004 Kobayashi realizó su último trabajo documental: The curse. Después de eso, el 12 de abril la casa de Kobayashi se incendió. Su esposa Keiko fue encontrada entre los escombros; sin embargo Kobayashi fue declarado desaparecido. Se desvaneció misteriosamente…»

Así es como empieza Noroi: The curse, de  Kôji Shiraishi, director japonés que ha incursionado en el género de terror creando películas de todos los estilos de esta categoría. Shiraishi nació en Fukuoka en el año de 1973. Su carrera comenzó como asistente de director para películas como:  Mizu no naka no hachigatsu  (Agosto en medio de la lluvia), de Gakuryū Ishii en 1995, y Waterboy de Shinobu Yaguchi en 2001. 

Desde el principio el trabajo de Shiraishi se vio influenciado por directores como John Carpenter, Brian De Palma, Abbas Kiarostami y Sam Raimi.   Partiendo de estos antecedentes él creó su propio estilo de cine, que se caracteriza primordialmente por combinar las cintas serie B con las clásicas historias de terror japonés y sus fantasmas surgidos de leyendas urbanas. Entre las cintas más importantes del director se encuentran: Ju-rei: The Uncanny en 2004, secuela de la famosa Ju-on mejor conocida como La maldición, y Carved en 2007, cinta que narra la leyenda del fantasma de una mujer que aterroriza un pequeño poblado en busca de venganza luego de haber sido desfigurada en vida. 

Marika Matsumoto en Noroi, 2005

Sin embargo, la película con la que Shiraishi logró condensar el terror y su fascinación por el género no es otra que Noroi: The curse, filmada en 2005. Utilizando el formato de falso documental, empleado en cintas como The Blair Witch Project (Daniel Myrick & Eduardo Sánchez, 1994), Noroi  cuenta la historia de Masafumi Kobayashi, un hombre que se dedica a investigar acontecimientos paranormales. 

Kobayashi es famoso por haber escrito libros acerca del tema y resuelto casos que van desde casa embrujadas hasta masacres familiares. Su técnica consiste en grabarlo todo para poder analizar detenidamente cada suceso sin que se le escape el menor detalle.  Un día Kobayashi es llamado por una mujer que asegura escuchar llanto de bebés provenientes de la casa de su vecina. El periodista asiste de inmediato al llamado pensando que es un caso común como a los que está acostumbrado en su profesión. 

Luego de realizar una ardua investigación, descubre que el asunto es mucho más problemático de lo que imaginaba puesto que éste comienza a ligarse de forma inexorable con otros sucesos de índole más compleja, que atrapan a Kobayashi en una telaraña de suspenso, intriga y situaciones que escapan de su comprensión y control.  

Pese a ser considerada demasiado larga para pertenecer al clásico cine de terror, la película se desarrolla de forma fluida y amena. La fórmula de Shiraishi fue utilizar una serie de fragmentos inconexos durante la primera parte de la película consiguiendo con ello descontextualizar al público para introducirlo después lentamente a la trama en la que cada escena y cada detalle cobra importancia. 

Marika Matsumoto y Jin Muraki en Noroi, 2005

Tras su estreno las críticas hacia la película y el formato se polarizaron. Si bien la cinta cumplía perfectamente con los estándares de J-Horror, género de ficción aportado por los japoneses y caracterizado por el uso de fantasmas y terror psicológico, se creía que la trama era demasiado complicada y por ello resultaba difícil de seguir. Sin embargo el público la aceptó. 

A diferencia de trabajos posteriores, como Carved (2007) o Grotesque (2009), en los que la historia parece forzada como pretexto para mostrar escenas de tipo gore, Shiraishi realizó en Noroi una película con diversos hilos narrativos que se conjuntan en una idea principal, y que lentamente se asocian entre sí envolviendo al público en la trama de la historia y obligándolo a mantener la atención en la pantalla durante los 115 minutos que dura la cinta. 

Como en todas las películas de J-Horror, los momentos en los que aparecerán las escenas de terror suelen ser predecibles. Sin embargo están tan bien trabajados que superan las expectativas, y generan una verdadera impresión que te hace saltar en el asiento, o por lo menos mirar hacia atrás para garantizar que estás solo.

Trailer de Noroi, 2005

Otro punto a favor de la película es que a pesar de que se grabó a modo de falso documental, los movimientos de cámara no resultan fatigosos como en el caso de otras cintas que han empleado la misma técnica. Por el contrario, las escenas son fáciles de seguir y no recurren a los clásicos encuadres desenfocados diseñadas para estresar al público.     

Para complementar el formato de falso documental y otorgarle realismo, Shiraishi consolidó un universo formado por falso material de archivo, grabaciones de programas televisivos al estilo japonés y una espléndida mezcla de sonidos aterradores y delirantes. Sin embargo, nunca descuidó el uso del lenguaje cinematográfico que logra que la película cuente con un ritmo fluido que no permite jamás que el espectador se aburra, pues nada de lo que se muestra en pantalla fue puesto ahí de manera improvisada.

Con un trabajo de producción tan plausible sólo las actuaciones podrían echar a perder este trabajo; mas no fue así. Todo el elenco mostró un exquisito trabajo actoral que al final hace que uno se pregunte si de verdad acaba de ver una película o un documental.

Sin duda alguna Noroi es una de las mejores películas de terror que existen en los anales del cine japonés, y me atrevo a decir en el cine mundial porque para variar logra asustar, y aunque sí recurre en un par de ocasiones al sonido como vía para hacer saltar al público, decide apostar también por la construcción de una trama paulatina en lugar de lanzar al fantasma directo a cámaras, o de finalizar abruptamente la película.

Debo confesar que después de ver esta película corrí al puesto de mi pirata de confianza (debido a que no se conseguían de forma legal en México) y compré TODO lo que encontré de Shiraishi para felicidad de mi proveedor. Al terminar de ver sus películas, descubrí que Noroi es su mejor trabajo, pues las otras contienen demasiados clichés, huecos argumentales, además de situaciones risibles.

Link a la película completa

Título Original: Noroi; Director: Kôji Shiraishi; Guión: Kôji Shiraishi, Naoyuki Yokota; Fotografía: Shozo Morishita; Reparto: Jin Muraki, Rio Kanno, Tomono Kuga, Maria Takagi; Año: 2005; País: Japón; Duración: 115 min.

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