Doppelgänger

«Se cree que cuando ves a tu doble es que estás a punto de morir»

Por kurenai_alex

Existe una leyenda que cuenta que cuando ves a tu doble es que la muerte te acecha, pero, ¿qué pasaría si ni tú mismo sabes si el doble eres tú? 

Los fenómenos sobrenaturales, en los que se ven involucrados fantasmas, almas en pena o aparecidos, son uno de los temas favoritos de la literatura y el cine de terror. Pero claro, existen otro tipo de historias, aquellas en las que el protagonista no tiene forma de vencer el peligro que lo aqueja, porque el horror proviene de sí mismo. 

En el año 1886, Robert Louis Stevenson, escritor escocés, dio vida a una siniestra historia de suspenso, que con el paso de los años sería adaptada en más de una ocasión para su versión cinematográfica: El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde.  La historia es tan popular que hasta Silvestre y Piolín le dedicaron un capítulo en su serie, pero eso no es lo importante.  El caso es que la idea de mostrar el monstruo que vive en el interior de cada ser humano se convirtió en una nueva fuente de inspiración para los cineastas.  

Cintas como Psicosis de Alfred Hitchcock, A tale of Two Sisters de Kim Ji-woon, o Hide and Seek de John Polson, han retomado esta idea y han creado películas que te hacen sospechar hasta de tu sombra y ver con terror el espejo. En el año 2003, Kiyoshi Kurosawa, maestro del terror, creó una cinta bajo la misma temática, que rompía todos los esquemas planteados hasta el momento: Doppelgänger

Kôji Yakusho en Dopperugengâ de Kiyoshi Kurosawa, 2003

Protagonizada por su actor fetiche, Kôji Yakusho, Doppelgänger cuenta la historia de Michio Hayasaki, un científico con una mente capaz de crear cualquier cosa. Gracias a sus inventos revolucionarios, la compañía en la que trabaja se encuentra entre las mejores a nivel mundial, por ello le dan libertad al hombre para desarrollar sus arriesgados inventos. El último de éstos es una silla que sirve para ayudar a los discapacitados a realizar sus tareas cotidianas, supliendo sus músculos atrofiados con los instrumentos incluidos en la silla, al conectar directamente al cerebro con los receptores nerviosos de todo el cuerpo. 

Sin embargo, los niveles de estrés acumulados por el trabajo le impiden a Michio completar su tarea. Es gracias a este mismo estrés que la personalidad de Michio termina dividida en dos partes, su parte buena/reservada y su parte mala/atrevida, quien aparece para sacar a la primera de su estancamiento, sin importar que obstáculos tenga que eliminar en el proceso.

Kôji Yakusho en Dopperugengâ de Kiyoshi Kurosawa, 2003

Esta maravillosa creación de Kurosawa plantea desde todas las perspectivas existentes la múltiple naturaleza del ser humano, y tal como la novela de Stevenson, demuestra que muchas veces la parte que nos esforzamos por ocultar es mucho más real o consistente que la fachada que utilizamos para presentarnos al mundo, y en ocasiones sus intenciones son mucho menos siniestras que las que planteamos. Temas como la moral, los deseos ocultos, las frustraciones reprimidas, y la falta de conocimiento del yo destacan en la película al mezclarse con una excelente trama de suspenso. 

La cinta muestra una serie de giros inesperados que la transforman en una obra de arte del cine de suspenso, los personajes cambian y se acoplan a la maraña de confusión que surge, haciendo que nos preguntemos quién es el malo de la historia, mejor aún, si de verdad existe un malo en la historia. 

¡Y de las actuaciones ni hablar! Kôji Yakusho representa tan bien a las dos partes de su personaje, que deja claro porqué es el favorito del director para caracterizar a sus protagonistas. Tiene una capacidad desmedida para cambiar de estado en un segundo, arrastrándote a las entrañas de las pasiones más oscuras, y como siempre, ninguno de los personajes que interpreta son iguales. Todos cuentan con una personalidad distinta que sólo él, con sus décadas de experiencia en el cine, podría aportarles. 

Además de las actuaciones, Kurosawa, como de costumbre, no tiene reparo en mostrar escenas sangrientas aquí y allá, pero todas ellas justificadas y estéticas, sin halo de morbosidad insana. Su técnica cinematográfica vuelve a ser impecable como en trabajos anteriores en los que la fotografía y la música se unen para dar vida a un impenetrable universo de misterio.

Así que si estás buscando una cinta de suspenso, entretenida, diferente y que para variar te ponga a pensar un poco, no te puedes perder Doppelgänger de Kiyoshi Kurosawa. Créeme no te arrepentirás. 

Los albañiles

El pensamiento de Vicente Leñero en pantalla

Por @kurenai_alex

Los albañiles, del director Jorge Fons, realizada en el año 1976, fue la película presentada esta semana en la Cineteca Nacional de México como parte del ciclo de conferencias Nuevas reflexiones del cine mexicano, que en esta ocasión retoma los Laberintos de la memoria, como hilo conductor y corre a cargo de Gabriel Rodríguez Álvarez, licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM.

Gabriel Rodríguez Álvarez en la presentación de Los albañiles (1976) de Jorge Fons Foto de Manuel Pineda

De acuerdo con Gabriel Rodríguez, estos ciclos «confirman la necesidad de realizar actividades de formación de públicos», además de mostrar el «cine de la apertura democrática», cuya finalidad era abrir espacios para los jóvenes como mediadores entre el gobierno y ellos, después de los acontecimientos de México 68. Asimismo destacó las diferencias trascendentales entre el cine de esos años como «testimonio y ventana de otras épocas», con el cine mexicano actual que es un «cine de la miseria, de explotación de los pobres y el escarnio de su condición». Su exposición versó además acerca del uso de metáforas: plásticas, dramáticas e ideológicas (de Marcel Martín), que en el cine de Jorge Fons consolidan un universo realista en el que sin embargo, el director «no ejerce violencia de clase contra sus personajes» a través de la cámara. Además de mostrar una mezcla de «teatro y cine, pero no un teatro filmado».

El guión de Los albañiles fue escrito por Luis Carrion, Jorge Fons y Vicente Leñero, basados en una novela de éste último, escrita en 1963 y adaptada al teatro en 1969 por Ignacio Retes. La trama se centra en el asesinato de don Jesús, vigilante de una obra en construcción, y con esa historia como medio Fons nos transporta a la realidad de un grupo de trabajadores de la construcción.

Gabriel Rodríguez Álvarez en la presentación de Los albañiles (1976) de Jorge Fons Foto de Manuel Pineda

La narrativa visual se estructura en tiempo multiforme: el momento presente, en el cual el inspector Munguia investiga la muerte de don Jesús; y el pasado, introducido por medio de flash back en los que conocemos la vida cotidiana de los personajes, o sus antecedentes. Al inicio de la película somos introducidos a un misterioso edificio, que se transforma, conforme avanza la cámara, en locación y personaje, pues no sólo la historia se mueve entre sus muros; él, como señala don Jesús, trata de comunicarse con quienes lo rodean, los pone en un mismo plano temporal y espacial: ayuda a crear relaciones, formarlas o destruirlas.

Con la obertura de Alceste de Christoph Willibald Gluck, asistimos a la presentación de ese edificio vivo, al mismo tiempo que visualizamos el asesinato de don Jesús, a través de la visión subjetiva de su asesino, justo en el momento álgido de la música cuando los violines aceleran el tempo y la intensidad de la melodía. Una vez que la muerte ha ocurrido la escena se transforma, al compás de la música, para mostrarnos el recorrido de la sangre derramada, a continuación la escena cambia. Guiados por el personaje que descubre el tiempo nos transportamos al pasado, antes de la tragedia.

José Carlos Ruiz y José Luis Flores en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Desde una perspectiva argumental, es una crítica bien estructurada a través de la representación de las condiciones sociales todavía vigentes de una población organizada en jerarquías demasiado contrastantes, en las que la violencia simbólica se ejerce de manera constante. A diferencia de la violencia física y verbal que se da incluso entre iguales dentro de la película, la violencia simbólica se presenta de manera mucho más agresiva, pues la palabra sólo la tiene aquel que ostenta el poder, e invisibiliza a los otros.

Así vemos, por ejemplo a Federico (Pepe Alonso) ignorar y silenciar a sus trabajadores; pero al mismo tiempo él ocupa ese mismo lugar de sometimiento frente a su padre, y sin saberlo frente a los mismos personajes que humilla, pues podrá ser «el nene rico» y dar las órdenes, pero quienes conocen el funcionamiento de la obra son los propios albañiles, no él.

En esta película todos los personajes se encuentran en busca de su lugar: físico y moral. Desde los trabajadores que migran de pueblos lejanos para probar suerte en la capital por un sueldo de miseria, en un trabajo en el que gastan la vida «construyendo casas y edificios y ninguno es de su propiedad»; Federico, quien busca la aceptación de su padre, el respeto de sus trabajadores, un puesto de poder; hasta el inspector Munguia, que trata de «hacer las cosas como se deben» pero al final con o sin procedimiento debe llegar a un resultado para no perder su puesto.

Pepe Alonso y Salvador Sánchez en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Los actores contribuyeron de manera monumental a construir todo ese universo de desesperación, son de destacar las actuaciones de Ignacio López Tarso, como don Jesús, Adalberto Martínez «Resortes» como El patotas, José Carlos Ruiz en el papel de Jacinto y Pepe Alonso interpretando a Federico. Además de la participación de Katy Jurado y David Silva, parte de la generación de la Época de oro del cine mexicano.

En el aspecto técnico existen algunos errores típicos, la sombra del camarógrafo, el cambio de locación de edificio, y otros detalles semejantes que pueden pasar desapercibidos si uno no es muy curioso. En cuanto al sonido, Fons no sólo decidió utilizar la mezcla de sonidos ambientales para crear la atmósfera; sino también el leitmotiv descarados para ilustrar situaciones muy particulares, como el momento en que la hermana del plomero llega a la construcción para llevarle el almuerzo, y de fondo escuchamos, Qué buena está Elena de José Albarrán, seguida de los soeces piropos de los trabajadores, una escena que además plasma de forma brutal el papel que tenía la mujer dentro de ciertos sectores de la sociedad y que por desgracia no ha cambiado en su totalidad.

Eduardo Cassab en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Los albañiles es una película que cuenta con tantos elementos para analizar como minutos en su estructura. Pero desde mi perspectiva, la temática no dista mucho del naturalismo actual presentado por directores como Amat Escalante. Lo que sí cambia es el tratamiento, el acercamiento y la experiencia actoral que supera por mucho a los filmes actuales. No soy fanática de Ignacio López Tarso y mantendré mi firme opinión de que su actuación en películas como Macario es acartonada y teatral, sin embargo en esta ocasión su trabajo es plausible, y sus monólogos de verdad alcanzan a tocar las fibras más sensibles del espectador. Lo mismo ocurre en el caso de Adalberto Martínez «Resortes», que deja de lado su personaje repetido en tantas películas anteriores y proyecta una faceta novedosa de su carrera, sin caer en sus típicos arrebatos de comicidad forzada o su clásica e hiperbólica gesticulación.

Para finalizar, sigue siendo un acierto que se realicen estos ciclos que permiten redescubrir el cine mexicano.

Midsommar

Terror a la luz del día

Por @kurenai_alex

Definir propiamente al género de terror es una tarea compleja, sobre todo en la actualidad, momento en que los componentes cinematográficos se mezclan para adaptarse a las exigencias de los públicos. Así podemos encontrar historias de asesinos, enredos psicológicos, fantasmas siniestros, posesiones infernales, y un sin fin más de temáticas que se adhieren como parte del género, y que al mismo tiempo mezclan el drama, el thriller e incluso la comedia. Sin embargo son muy pocas las películas que logran consolidar una historia bien estructurada que no apele al clásico susto de sonido para impresionar al espectador, mantenerlo tenso y finalmente otorgarle lo que quiere: ser asustado.

Jack Reynor y Florence Pugh, Midsommar, Ari Aster, 2019

En algunas ocasiones, los directores realmente logran esa finalidad otorgando trabajos de calidad que generan una revolución en el género y aportan nuevas perspectivas de visualizarlo. Mas, casi por regla general, una vez que un contenido demuestra ser aceptado por el público comienza a ser explotado sin cesar hasta terminar por desgastarse, pues los momentos de susto se vuelven predecibles, reiterativos y cansados. Como muestras se encuentra por ejemplo Ringu (Hideo Nakata, 1998), película que sorprendió y aterrorizó al público gracias a su mezcla de elementos espirituales y tecnológicos como parte del argumento. Pero al ver que era una película eficaz, los productores no demoraron en hacer remakes, secuelas, y un montón de filmes tan similares, que el fantasma de cabellos largos y bata blanca terminó por aparecer hasta en las cajas de cereales.

El mismo fenómeno se desató con otras películas como Paranormal Activity (Oren Peli, 2009); Sinester, (Scott Derrickson, 2012) o The Conjuring (James Han, 2013). Cintas muy bien realizadas, que verdaderamente generaban miedo pero terminaron por convertirse en sagas eternas con universos alternos, spin off, secuelas y precuelas.

Con estos antecedentes ya comienza a resultar peligroso sorprenderse con una nueva película que genere terror; pues sabemos que casi de manera automática se transformará en una franquicia interminable que al final dará más risa que miedo. Debido a esta mal sana predisposición, si bien la llegada de Midsommar de Ari Aster me generó expectativa, ésta vino acompañada de miedo: ¿y si la nueva película era igual a la anterior?, ¿qué tal si al final resultaba no ser impresionante? Después de la salida de Hereditary, en 2018, Ari Aster ganó mucha popularidad, pero como dice el tío Ben de Spiderman: «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», y la suya era entregar un trabajo tan bueno como el anterior o superior a él.

Midsommar, Ari Aster, 2019

En este caso, el director decidió tomar como primicia de su argumento la historia de una joven depresiva y dramática, Dani, quien después de una tragedia familiar decide ir de viaje con su novio Christian, y los amigos de éste, para festejar el equinoccio de verano en Suecia, en una comunidad apartada del resto de la población, que cuenta con costumbres bastante particulares.

Desde luego el tema de las sectas no es nuevo, existen cientos de ficciones y documentales que han utilizado el tema como punto de partida. Sin embargo la manera en que Aster lo retrata realmente supera por mucho a sus antecesoras. No sólo dejó de lado todos los sustos clásicos para concentrarse en guiarnos lentamente hacia un punto sin retorno; sino que además se dio el lujo de cambiar por completo la paleta de color a la que nos tienen acostumbradas las películas de terror o suspenso.

Toda la historia se desarrolla en medio de un ambiente pulcro de verdes, azules y amarillos intensos. En contraste, la ropa de los personajes, blanca e inmaculada desafía la idea de la oscuridad como factor de maldad. Existen algunos desperfectos técnicos en la película, como las hierbas demasiado digitales que crecen en las manos de la protagonista, o algunos cadáveres que no corresponden con el vivo original. Pero también cuenta con muchos aciertos técnicos que superan las imperfecciones, pues con la construcción de cuerpos orgánicos, e incendios reales se le otorgó viveza y realismo a la historia, situación fundamental para un argumento como este.

William Jackson Harper, Will Poulter, Florence Pugh, Jack Reynor, Midsommar, Ari Aster, 2019

Resulta interesante ver la representación de rituales asociados al enamoramiento, que parecen muy propios de las culturas donde predomina el pensamiento mágico religioso visualizados en el entorno de la cultura europea. Factores como el uso de números cabalísticos, sacrificios, danzas y comidas rituales, contribuyen también a la formación del ambiente de esta película, que cuenta con un diseño de producción impecable, runas, dibujos, grabados, hacen parte del decorado en todos los espacios cerrados. Lejos queda la necesidad de la casa siniestra y avejentada, porque en esta historia, las situaciones inquietantes no obedecen a la norma.

Desde luego si somos exigentes y negativos podemos decir que como en otras películas de viajes que terminan mal, los personajes cliché son identificables, pero en este caso cada uno de ellos encierra sorpresas y tratamientos que no suelen formar parte de los universos del género de terror. Aunque ya todos sabemos que en estas historias sólo habrá un sobreviviente (o menos que eso), ese término queda rebasado, pues en este caso no se trata de «supervivencia»; sino de adaptación.

Midsommar no se parece en absoluto a su antecesora, pertenece al mismo género pero crea una nueva forma de representar el terror: lo resignifica. No necesitó sonidos estridentes, espacios oscuros y cerrados, un fantasma de bata blanca, ni un asesino malvado. Porque no existe algo más terrorífico que la naturalidad frente al terror.

Ari Aster continúa apelando a la paciencia e inteligencia del espectador al construir otra historia en la que la suma de detalles conduce a una conclusión necesaria. Ninguna de las escenas fue metida a la fuerza, todas forman parte de un pequeño engranaje, son como gotitas de agua que se vierten sobre un vaso que termina por derramarse.

Las actuaciones son creíbles, sofocantes e inquietantes, hasta los extras, que cambian constantemente, se adaptaron perfectamente a las exigencias del argumento. Sin embargo lo más destacable es el diseño de producción y la mezcla de sonido.

Sólo existe una misteriosa situación que no he podido resolver, ¿porqué el trailer cuenta con escenas que no se ven en la película?, ¿habrá una versión del director cuando se lance en formato casero?, ¿fue censurada o editada de formas distintas para diferentes países? Existen dos escenas que nunca aparecieron en pantalla: una persona levitando, y el momento en que Dani decide escapar.

Tendré que esperar a que se estrene la versión casera para responder esas preguntas. Por el momento puedo decir que Midsommar es una excelente película que genera inquietud y desasosiego, que rompe los esquemas generales del terror creando una nueva forma de concebirlo.

Pd. Aunque yo siempre preferiré las de fantasmas.

Rambo: Last Blood

Por fans y para fans

Por @kurenai_alex

Finalmente llegó a los cines la última entrega de Rambo, personaje icónico del cine cuya primera aparición ocurrió hace 37 años. Basado en la novela del escritor canadiense David Morrell, Ted Kotcheff dirigió este filme cuyos derechos fueron comprados por Warner el mismo año que se publicó el libro (1972) aunque tuvieron que pasar diez años para que finalmente el proyecto pudiera gestarse con ayuda de Carolco Pictures, entonces productora independiente.

Sylvester Stallone en Firsts Blood, Ted Kotcheff, 1982

Rambo (First Blood) es una película que marcó un antes y un después en cine de acción, pues se encargó de crear un nuevo estereotipo de héroe. Así, al mismo tiempo que nos mantenía entretenidos con el despliegue de incesante acción, luchas interminables, carreras feroces y explosiones por todas partes, mostraba también la frustración, los conflictos, y la discriminación sufrida por los soldados que regresaban de Vietnam sin un lugar que los recibiera: en el país al que volvían eran asesinos o perdedores. Kotcheff lo encapsuló magistralmente en el discurso final de First Blood y demostró que también el mal llamado cine comercial, podía mantener una postura crítica y política.

Debido a que lo más importante para la industria es vender productos, el libro de Morrell, y su personaje, fueron modificados drásticamente para generar empatía con el público. Ya en ese momento Stallone mostraba su capacidad para analizar al espectador en su papel de consumidor de cine, la cual lo ayudó a generar a ese personaje oscuro, agresivo y silencioso, pero al mismo tiempo justo y magnánimo, cuyas cualidades superan al promedio pero que siempre serán puestas en favor del inocente.

Con el éxito de First Blood, era obvio que las secuelas no se harían esperar: tres años más tarde apareció Rambo II, y otros tres años después Rambo III. Y en 2008, cuando parecía que Rambo ya sólo era parte de la historia, Sylvester Stallone sorprendió al mundo con Rambo IV: To Hell and Back, escrita, producida, dirigida y actuada por él mismo. Cada una de estas nuevas entregas, en las que el discurso de protesta fue radicalmente olvidado, se alejó poco a poco del personaje de Morrell y creó un universo propio, en el que el héroe, John J. Rambo, podía incendiar el mundo y seguía teniendo el apoyo de los espectadores. Cada una de las nuevas historias presentadas era un pretexto para ver el despliegue de talentos de Rambo en combate.

Sylvester Stallone en Rambo: Firsts Blood Part II, George P. Cosmatos 1985

Lo mismo podía combatir contra vietnamitas, rusos, o la junta militar, ya todos sabíamos que al final John Rambo terminaría desencadenando una guerra de uno contra cientos, ganaría pero terminaría nuevamente solo, con los fantasmas del pasado como única compañía. Esa fórmula funcionó en cada una de las secuelas de la película original.

Aún así, el anunció de Last Blood y la premisa de que esta vez el enemigo sería algún cartel mexicano, sorprendió a muchos, agradó a los fanáticos, desató críticas entre los detractores de la saga y hubo quien se quejó porque ya no existe una diferencia estilística entre Rambo, Rocky o Barney Ross.

A diferencia de otras películas como It (, Andy Muschietti, 2019), el estreno se realizó hasta el viernes y no con la clásica función de media noche. La película estuvo disponible este 20 de septiembre a partir de las 11:30 am, una excelente hora para acudir al cine si no gustas de lidiar con los demás espectadores. Sorprendentemente, pese a ser un día laboral por la mañana, la mitad de la sala estaba ocupada. Es todavía más increíble darse cuenta de que el público que asistió (por lo menos a la función que me tocó) se componía en su mayoría por personas de la tercera edad, que se emocionaban con cada uno de los intrépidos actos del protagonista y sufrían también sus desgracias. He de decir que ha sido el mejor público que me ha tocado este año en una función de cine.

Sylvester Stallone en Rambo: Firsts Blood Part II, Peter MacDonald, 1988

No puedo asegurar que esta sea la entrega final. Ese Stallone es capaz de hacer «Rambo contra la demencia senil» en su afán por perpetuar al personaje, obtener ganancias, seguir de moda ¡o qué sé yo! Sin embargo, es un cierre monumental para una franquicia que logró mantener cautivo al público por más de tres décadas le pese a quien le pese.

La historia cuenta con todos los clichés de las secuelas anteriores, John Rambo finalmente parece haber obtenido una relativa paz mental y estabilidad social cuando un acontecimiento inesperado vuelve a arrebatarle todo lo que posee y él, desde luego, desata una nueva guerra para vengarse de los culpables de su pérdida.

Pero con todos los clichés y el enorme preludio para llegar al punto álgido de la historia, esta película cuenta con una estructura y una producción digna de aplausos. Por principio, está creada de manera independiente: no es necesario conocer el resto de las películas para disfrutarla, sentir empatía por el protagonista o seguir el hilo de la historia. No existen huecos argumentales, todas las preguntas que podrían quedar al aire se resuelven con diálogos, imágenes, referencias o recuerdos. La inversión y el elevado presupuesto sobresalen desde la primera escena, tan bien elaborada que ya desde el inicio nos introduce al universo de Rambo y nos recuerda de lo que es capaz el personaje.

Sylvester Stallone en Rambo IV: To Hell and Back, Stallone, 2008

A excepción de un par de encuadres que hacen un horrible zoom in para acercarse a los objetivos que filman, el resto de la fotografía fue cuidado, ilustrativo, y limpio. La música, a cargo de Brian Tyler, retoma el tema principal de la película original compuesto por Jerry Goldsmith como leitmotiv que nos recuerda que pese al paso del tiempo, a quien acompañamos en esta nueva aventura es nada menos que JOHN J. RAMBO, veterano de Vietnam, ex Boina Verde. Se construyeron otros leitmotiv para distintas situaciones de la película, pero éstos no generan la misma sensación de cercanía que el tema de Goldsmith y se limitan a cumplir con la misión de ambientar las escenas. La música preexistente también hizo su aparición, la mejor de todas las canciones empleadas es sin duda alguna Five to One de The Doors, la cual aparece en dos ocasiones y enmarca un acto de introspección para el personaje.

Esta película incluye algunas sorpresas argumentales, al contrario de Rambo II, III, y IV, la justificación para desatar la ira del personaje realmente se fundamentó apelando a los lazos sentimentales más que a su visceral personalidad. Pero no sólo él se configuró como un personaje más complejo, sino que incluso los enemigos adquirieron un nuevo nivel de profundidad, una personalidad que permite detestarlos y ver con buenos ojos cada uno de los siniestros actos del protagonista. Al mismo tiempo es la película más sangrienta de la saga y la más agresiva. No hay manera de no quedar sorprendido con los diálogos o acciones de los malos. Sobre todo frente al descaro de mostrar la colusión entre autoridades y traficantes de blancas de manera directa.

La experiencia de Adrian Grunberg como director de la segunda unidad de la serie Narcos: México, fue aprovechada perfectamente por Stallone en esta entrega, pues los diálogos y secuencias en las que los malos aparecen resultan siniestramente creíbles y reales.

En los dos últimos años de mi vida me he dedicado a crear una tesis completa que aborda la creación del personaje en todos sus universos a través de la hermenéutica, y puedo asegurar que esta es la mejor secuela realizada. Desde luego no se acerca ni por asomo al precedente que creó First Blood, pero cumple con ser una película entretenida, con actuaciones destacables, y producción favorable. Si este fuese el final, no podría haber mejor forma de terminar. Ahora, esperemos que de verdad sea el final y que no nos sorprendan con la aventuras animadas de Gasparían versión Rambo o algo semejante.

Los confines

Cine estudiantil independiente

Por @kurenai_alex

«Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora. Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.» Diles que no me maten, Juan Rulfo

Basada en Diles que no me maten, Talpa y un fragmento de Pedro Páramo de Juan Rulfo, se presentó este jueves 19, en la Cineteca Nacional de México, Los confines, película de 1987 dirigida por el cineasta Mitl Valdez, como parte del ciclo Conversando con nuestros protagonistas, que en esta edición decidió proyectar trabajos de la actriz María Rojo.

La dirección de la conferencia estuvo a cargo del cineasta Juan Antonio de la Riva, quien junto a María Rojo, hizo un recuento de la trascendencia de la película, pues no sólo «refleja la esencia de Rulfo» como declaró el cineasta, sino «también representa esa nueva etapa del cine mexicano: el cine estudiantil», el cual, al igual que el cine de autor independiente, se oponía estética y argumentalmente al cine de ficheras, producido durante esas décadas. Esta película, de acuerdo con Rojo y De la Riva, fue la única reconocida por Rulfo como una adaptación fiel de sus trabajos, e incluso felicitó al director y le otorgó los derechos para realizar otra película basada en sus trabajos.

«Sólo a Rulfo se le cree que los muertos hablan […] Rulfo es el hombre que en una frase nos regala una historia» señaló María Rojo y añadió que Mitl Valdez ha sido el único capaz de transportar los paisajes de Rulfo y lograr que los actores encarnen a sus personajes, mostrando la sensualidad, el misterio, y los sentimientos más entrañables a través de un «ritmo cadencioso» a lo largo de toda la cinta, que permite «reconocer en pantalla nuestra propia forma de ser».

Juan Antonio de la Riva y María Rojo en la presentación de Los confines                     Foto: Manuel Pineda 

Al análisis se sumaron los datos curiosos de la película, que tuvo que ser detenida mientras se filmaba un fragmento de Talpa, debido al escaso presupuesto con el que contaba al ser un proyecto financiado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Asimismo, después de su rodaje tuvieron que pasar cinco años para llevar a cabo su estreno.

Juan Antonio de la Riva y María Rojo en la presentación de Los confines                     Foto: Manuel Pineda 

La película, mezcla de forma consistente tres universos de Rulfo, para llevarnos a experimentar «la culpa», en distintas situaciones. Todos los personajes que presenta Mitl Valdez viven siguiendo sus propios cánones, alejados de los juicios ajenos, pero al mismo tiempo son incapaces de liberarse de los sentimientos de culpabilidad que se ciernen sobre ellos. Y aunque la culpa es, quizá, el hilo conductor de las historias, existe otro sentimiento que se incrusta como cómplice y titiritero de los protagonistas de cada historia: la pasión.

Todos los personajes se dejan arrastrar por la pasión hasta llegar a un punto sin retorno, y tal como ocurre en el libro, después de cada arrebato pasional no les queda más que vivir las consecuencias que desatan dejandose caer al vacío. La culpa se hace presente entonces, ya sea de manera material o fantasmal, pero no abandona jamás ni al asesino, la pareja incestuosa, la esposa y el hermano que cometen adulterio, o el joven que llega a un pueblo en apariencia desierto en busca de un lugar para pasar la noche.

Ernesto Gómez Cruz en Los confines (Mitl Valdez, 1987)

La adaptación es bastante fiel a los textos de Rulfo, pues de manera ingeniosa nos muestra distintos niveles de profundidad, pues las narraciones se construyen a través de recuerdos en los recuerdos, y cuenta además con recursos técnicos muy bien empleados, sobre todo en el aspecto sonoro. Carlos Aguilar fue el encargado de este apartado y logró verdaderamente crear un ambiente de suspenso, al despertar un sentimiento muy cercano al miedo gracias a la mezcla de música incidental y sonidos ambientales.

Por otra parte, los discursos de los personajes son fieles a la obra del escritor, y aquellas escenas descritas perfectamente por Rulfo a través de las palabras, fueron capturadas con imágenes por el lente de Valdez.

Ana Ofelia Murguía y María Rojo en Los confines (Mitl Valdez, 1987)

Los actores son otro punto a favor de este trabajo. Con naturalidad interpretan a esos seres pasionales carcomidos por la culpa y la desesperación de no verse libres de ella. De manera soberbia Ernesto Gómez Cruz encarna a Juvencio Nava, (personaje de Diles que no me maten) sus gestos en pantalla se complementan con el monólogo interior en voz en off, de manera tan magistral que uno no puede menos que pedir que no lo maten.

Esta película es una muestra de calidad, no sólo por la forma de adaptar una obra literaria al lenguaje cinematográfico; sino también por la manera de crear un universo sólido incluso con recursos mínimos. Sin duda un material imperdible que debe ser puesto al alcance del público, y valorado por su riqueza fílmica. Además de demostrar que el cine mexicano tiene calidad técnica y personal con vocación para crear obras audiovisuales.

La camarista

Otra película de clichés y estereotipos

Por @kurenai_alex

«Ingeniosa», «llena de calidez humana», «crítica de las desigualdades sociales» y otra gran lista de atributos son los que se utilizan para referirse a La camarista, cinta del año 2018, dirigida por Lila Avilés y recientemente seleccionada por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas como representante de México en la próxima entrega del Óscar.

Gabriela Cartol en La camarista de Lila Avilés

La sinopsis, que es exactamente igual en los sitios de internet de Tomatazos y la Cineteca Nacional de México resumen la película así: «una solitaria camarista de un lujoso hotel de la Ciudad de México, se enfrenta con tranquilidad a la monotonía de sus largos días de trabajo. Su deseo por ser alguien más la hará descubrir diferentes universos y sueños detrás de las pertenencias de los huéspedes que alberga el lugar.»

Después de ver ambas sinopsis me pregunto con seriedad ¿qué película vieron?, ¿en qué momento el personaje, la cámara o la música (que en realidad es inexistente casi hasta el final) nos indicaron que ella quería ser alguien más? Se le veía bastante cómoda en su papel sumiso y abnegado. En realidad esa podría ser la parte más interesante de la película: la camarista, sometida, que pese a reconocer la existencia de otros mundos añora para sí únicamente la posibilidad de servir a uno de los huéspedes del piso 42. La camarista no quiere ser uno de ellos, porque sabe que en la realidad en la que habita ese deseo sería irrealizable, por lo cual debe conformarse con anhelar fantasías al alcance de su estatus social.

Ese mensaje terrible, tal vez puesto de manera involuntaria en esta película que muestra de forma agresiva la realidad de un sector poco favorecido de la población mexicana, es lo verdaderamente rescatable del argumento.

La camarista narra la historia de Evelia, una joven de 24 años, que como indica el nombre de la película, se dedica a la tarea de mantener limpias, ordenadas y perfectas las habitaciones de un lujoso hotel de la Ciudad de México. Sus días transcurren a la espera de lograr ser asignada para el piso 42, en el que se hospedan los mejores clientes.

Gabriela Cartol en La camarista de Lila Avilés

Al inicio de la película Evelia desea, por encima de todo, obtener el puesto de camarista del piso 42 y un vestido rojo que algún huésped abandonó u olvidó. En medio de la monotonía de su agotador trabajo, encuentra consuelo en pequeños detalles que le permiten hallar un vínculo con aquellos que se hospedan en las habitaciones, aunque para ellos Evelia no es más que un ente ajeno a sus perfectas y ocupadas vidas. Pero conforme la trama avanza todos esos detalles quedan en el olvido al incorporar situaciones y personajes que no le aportan otro ángulo o mayor profundidad al personaje; por el contrario abren una serie de pequeños subtemas desplegados de la historia principal que evitan que el punto álgido de la historia se perciba como clímax.

Para fines prácticos, el personaje no trata de evolucionar sino hasta el final de la película. Siguiendo esta idea la película bien pudo comenzar con los primeros 25 minutos y saltarse al final sin perder la parte valiosa del argumento.

Por otra parte, Gabriela Cartol difícilmente cambia de expresión. Puede estar masturbándose o recogiendo las sábanas sucias pero su rostro permanece impávido. Y debido a la inexistencia de música que nos indique qué emoción está atravesando por su cabeza nos quedamos con un vacío sentimental que nos impide conectar con el personaje.

Gabriela Cartol en La camarista de Lila Avilés

Se suman ademas otra serie de detalles, como el hecho de no poner un subtítulo al libro que ella observa al entrar en la habitación que está ocupada por un japonés. Es comprensible que Evelia, en el papel que decidieron otorgarle, no entienda qué dice el libro y se quede maravillada porque está en otro idioma, pero nosotros como espectadores omniscientes necesitamos saber la traducción para comprender el significado del regalo que el huésped le hace. En este punto se encuentra también el hecho de no acercar la cámara para mostrarnos qué escribe en el papel que le entrega a su enamorado.

En resumen, aunque la película ha recibido muy buenas críticas ni el argumento ni su técnica representan una verdadera novedad. Es una película de festival: escenas largas y contemplativas, encuadres bien cerrados para retratar de forma exagerada las emociones, trayectorias cámara en mano para seguir a la protagonista, además del uso del cliché naturalista para plasmar una realidad que al final resulta ajena, no porque la representación carezca de realismo; sino simplemente porque nunca se logra una conexión real entre los problemas del personaje y el espectador.

Más que mostrar una historia, una denuncia social, un reclamo o una crítica, parece un trabajo audiovisual creado para obtener premios a través del exhibicionismo descarado de un sector desfavorecido de la población mexicana visto desde una lente ajena a sus problemáticas. Sin contar con la perpetuación del estereotipo de «rasgos indígenas igual a pobreza y marginación».

Desde mi perspectiva esta es otra historia naturalista construida con base en clichés, estereotipos mal entendidos, incapaz de generar empatía. Continuaré esperando que los nuevos cineastas mexicanos decidan apostar por algo verdaderamente novedoso: en cualquier género o que al menos como acto de sublevación decidan poner un actor caucásico en el papel del pobre sufridor que enfrenta la vida cotidiana, en lugar de perpetuar el estereotipo eterno del indígena sometido.

Rocky

La leyenda continúa

Por @kurenai_alex

No hay duda de que Sylvester Stallone es una de las figuras más grandes del cine hollywoodense de acción. Su participación en el ámbito cinematográfico va desde guionista hasta protagónico de sus propias películas, y las de muchos directores más. 

Sylvester Stallone en Rocky (Avildsen, 1976)

Su carrera como actor comenzó en el ámbito considerado el patito feo del cine: el porno. Pero su empeño y dedicación lo llevaron pronto por rumbos distintos. Para 1975 había participado por lo menos en nueve cintas, entre ellas Bananas (1971) de Woody Allen, pero fue hasta 1976 cuando su carrera despuntó. La película que lo colocó en la cima del éxito, y en la mira de directores como Bruce Malmuth o John Huston, no es otra que Rocky, la famosa historia del boxeador italo-estadounidense que de buenas a primeras consigue triunfar en el mundo del boxeo americano.

Fue en 1976, cuando un joven Sylvester, inspirado por la pelea entre Chuck Wepner, un boxeador prácticamente desconocido entonces, y el ídolo Muhammad Ali, se dio a la tarea de escribir el guión para realizar una película. Pero una vez que tuvo el guión, conseguir una casa productora que decidiera financiarlo no fue sencillo. El problema principal era que Stallone estaba decidido a encarnar el papel principal de la historia. 

Aunque el guión era llamativo, especialmente por su final un tanto inesperado que iba en contra de los cánones tradicionales del final triunfal, motivo por el que Avildsen decidió dirigir la cinta, los productores no creían conveniente poner a un desconocido en pantallas. Buscaban, como siempre, la fórmula ya probada de utilizar un rostro conocido para captar de inmediato a la audiencia. Sin embargo, Stallone se negó rotundamente. 

Después de una serie de dificultades, y con un presupuesto ridículo de 950,000 mil dólares, finalmente el rodaje de Rocky comenzó. El final de la historia todos lo conocemos, la película fue, y sigue siendo un éxito mundial, cuenta con siete secuelas y un sin fin de fans; todo esto sin hablar de la banda sonora, a cargo de Bill Conti, que se quedó grabada en la memoria de toda una generación, y de los múltiples premios que recibió la cinta, entre ellos el de Mejor película en los Óscares. 

Sylvester Stallone y Talia Shire en Rocky (Avildsen, 1976)

El argumento del filme es de sobra conocido, aun así haré un pequeño resumen. Rocky Balboa es un boxeador italo-estadounidense, que vive en los barrios bajos de Filadelfia. Para ganarse la vida se dedica a cobrar las deudas de Gazzo, amedrentando a los morosos que no pagan, además de participar en peleas de boxeo para aficionados. Por desgracia no le va bien ni en lo uno ni en lo otro. Por una parte, Rocky no es capaz de golpear por las buenas a los deudores, y por otra, su carrera como boxeador va en picada. La vida de Rocky se estanca y él mismo comienza a considerarse un fracasado. Ni siquiera su muy reciente relación con Adrian, hermana de su mejor amigo, lo rescata del abismo en el que se hunde lentamente.  

Sin embargo, Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, al menos eso dice la película, y por azares del destino Rocky es invitado a competir por el campeonato mundial de pesos pesados contra el campeón Apolo Creed. Y ahí, la vida de Rocky comienza de nuevo…

Sylvester Stallone y Carl Weathers en Rocky (Avildsen, 1976)

Este es sólo el inicio de lo que sería una de las sagas más exitosas de la historia del cine comercial de Hollywood. Y no es que Rocky sea una obra de arte, simplemente es una cinta con un buen argumento y un trabajo actoral bastante decente. 

Lo que sí no se le puede negar es que cada una de las escenas de la película es un retrato del viciado mundo del boxeo en sus diferentes niveles. Y lejos de requerir un sobre análisis en busca de un significado oculto, de los simbolismos o el mensaje de superación, la película lanza de forma clara y quizá hasta involuntaria mensajes bastante directos. 

Haya sido o no la intención de su guionista, en la cinta se aprecian una serie de circunstancias sobre las que valdría la pena reflexionar. Vemos a los entrenadores tratar a sus estrellas como meros trozos de carne, lanzándolos a un ring con el único fin de conseguir dinero; a la multitud aplaudiendo el salvaje espectáculo; al hombre frustrado por la monotonía y el estancamiento, producto de los roles que desempeña en una sociedad en la que lo que importa es el mote que llevas, y una gran lista de circunstancias que no son ajenas a la realidad. Incluso hay un par de diálogos que pueden ponerte a pensar: «no te recordarán sino por tu reputación» o «tienes que ser imbécil para querer ser boxeador». 

Sylvester Stallone en Rocky (Avildsen, 1976)

Haciendo a un lado todas las posibles interpretaciones que pueda tener la cinta, Rocky es una de esas películas que cumple su cometido. No sólo es entretenida; sino que logra la identificación del protagonista con el público, a tal grado que no importa cuántas veces la hayas visto, en todas tienes la esperanza de que El semental italiano remonte la pelea y salga victorioso (y créanme, no importa cuánto grites nunca gana). Sin embargo, aunque lógicamente Rocky pierda en cada ocasión que ves el filme, no resulta decepcionante. Por el contrario, te deja esa extraña sensación de final de Champions League, en la que aunque muy merecidamente gane el Bayern, te sientes satisfecho porque su contrincante dio todo en el encuentro. 

Aunado a ello, es una de esas películas que puedes ver tantas veces como quieras sin cansarte. Se encuentra filmada de forma dinámica y durante los combates utiliza el mismo lenguaje de cámaras que se visualiza en las peleas de box hasta la actualidad, lo cual es un punto  a su favor. Si ya viste Rocky, no importa, ¡puedes verla otra vez! Y si no la has visto, es momento de que lo hagas. Y recuerda no importa que sea cine comercial, cine de arte, cine de autor, cine de culto, etcétera, porque al final el nombre que se le da no es más que una clasificación, una denominación que tiene sentido sólo para las fichas técnicas. Lo importante es disfrutar de las cintas, aprender de ellas, sean buenas o malas desde nuestra perspectiva, y ver de todo, porque finalmente es así como formamos un criterio propio en torno a cualquier tema ya sea arte, cultura, e incluso la vida cotidiana.    

Madame Satã

«Yo decidí ser una reina, y eso no me hace menos hombre» João Francisco Dos Santos

Por @kurenai_alex 

Los años treinta, la discriminación racial, la lucha de clases, el abuso del poder, los prejuicios sociales, la pobreza extrema y los infortunios más grandes es lo que nos muestra Karim Aïnouz en su obra maestra Madame Satã.

Para Aïnouz, como para muchos otros, Madame Satã sólo figuraba como el nombre de un conocido night club en Sao Paulo. Pero tras una serie de casualidades se daría cuenta de que detrás de él se escondía una historia digna de ser filmada y conocida.

Lázaro Ramos en Madam Satã

La película empieza con un plano cerrado, un close up al rostro golpeado de un hombre joven de mirada triste. Mientras lo observamos, la voz en off de un juez recita sus múltiples crímenes entre los que se encuentran: violencia, resistirse a la autoridad, robo, pederastia pasiva, prostitución, faltas a la moral y otro tanto en la lista. Un momento después la escena cambia, llevándonos de la mano hasta el recital musical de una mujer que narra Las mil y una noches mientras el mismo joven que ha sido juzgado la observa con admiración imitando sus movimientos; y más tarde arrastrándonos a su lado a las entrañas de un tugurio de dudosa reputación en un pequeño barrio de Brasil. Esta serie de contrastantes escenas son sólo el inicio para contextualizarnos en la historia de João Francisco Dos Santos…

En medio de la pobreza en el barrio de Lapa, lugar conocido por su vida nocturna, en los años 30, es donde se desarrolla la mórbida historia de João, un joven de compleja personalidad que sueña con convertirse en una estrella, o mejor dicho una diva, y darse a conocer al mundo. La vida del chico no es sencilla, vive en uno de los sitios más pobres, rodeado de criminales, prostitutas, corrupción y mucho, mucho más. Pese a realizar un excelente trabajo en un cabaret, como asistente de la cantante principal, sufre los constantes ataques de racismo por parte de ésta, que debido al color de su piel se ensalza en discriminarlo. Aunado a ello, el dueño del local se niega a pagarle por su trabajo, dándole a entender que el tenerlo allí debería ser paga suficiente para él. 

Si bien durante su trabajo en el cabaret, el joven, de 1.82 centímetros de altura y 90 kilos de músculo puro, es tranquilo y soporta todas las humillaciones a las que lo someten, fuera su personalidad es completamente distinta, pues al llegar a su territorio se vuelve capaz de todo con tal de defender la integridad de sus amigos, dejando en segundo plano la suya.   

Pero, detrás de ese joven sobreprotector, romántico y atento, capaz de recitar versos al hombre de sus sueños y de cuidar de los suyos aun a riesgo de su propia vida, hacer de padre adoptivo para la hija de su amiga, defensor del honor y la virilidad como características esenciales de un «hombre verdadero», se esconde una tercera personalidad, la del ladronzuelo seductor que atrae a los hombres a su cuarto para quitarles el dinero sin siquiera prestar sus servicios sexuales, además de explotar a otros homosexuales para conseguir fondos para sobrevivir. 

Lázaro Ramos en Madam Satã

Un buen día, cansado de las injusticias por parte de sus patrones en el cabaret decide cobrar su paga por las buenas o por las malas, y como las buenas no funcionan no le queda más que la segunda opción. Por desgracia João no cuenta con que el dueño del cabaret no se quedará tranquilo hasta ver su dinero de regreso y al joven tras las rejas. 

Luego de una breve estancia en prisión, João decide que es momento de cumplir sus sueños sin importar que el mundo esté a favor o en contra de él…

Desde luego este es sólo el inicio de la película y claro, también fue el inicio de la vida de Madame Satã, un hombre que pese a las adversidades logró su sueño de convertirse en una de las figuras más importantes del Carnaval de Río en la primera mitad del siglo pasado. Está película de Aïnouz se basa precisamente en ese personaje mítico que es, hoy en día, una referencia dentro del mundo nocturno, los cabarets y los carnavales.   

La preparación del rodaje le llevó a Aïnouz alrededor de un año, en el que se dedicó a conocer a fondo al personaje, los lugares que frecuentaba, las personas a las que conocía y cada una de las facetas de su vida. Y aunque el mismo director declaró que preparó hasta el más mínimo detalle para tener la grabación controlada en un cien por ciento, al final decidió darle una mayor naturalidad a la historia y dejar los apuntes de lado para lograr que la cinta no se viera como una simple actuación, sino como una traslación de la realidad a la pantalla. Para ello pidió a los actores principales que se reunieran, se conocieran e intimaran, para conseguir un ambiente de confiabilidad que es difícil conseguir con extraños que se ven sólo para filmar.

Lázaro Ramos en Madam Satã

Al final, sus múltiples investigaciones y sus técnicas para enlazar a los personajes dieron como resultado una excelente película que figura dentro de la nueva ola del cine brasileño, y que además da a conocer a un personaje emblemático de su cultura, que como el mismo director ha declarado: muestra «su postura de resistencia en un país donde la exclusión de la sociedad es una regla mas que una excepción», y eso fue precisamente lo que lo atrajo al personaje y a la creación de la cinta. 

La película de Madame Satã, es la mezcla perfecta entre la biografía de un personaje, el retrato de una sociedad y una denuncia a la intolerancia y el racismo sin caer en clichés. Por otra parte, la decisión de Aïnouz de enfocarse precisamente en esa etapa de la vida de João sirvió para capturar en plenitud la esencia del controvertido personaje interpretado por Lázaro Ramos, excelente actor que además contaba con la particularidad de cumplir de forma perfecta con el perfil físico de Madame Satã, y quien hizo una apuesta arriesgada al aceptar la interpretación. 

El trabajo en conjunto de actores, director y equipo técnico fue reconocido por la crítica mundial, lo cual se reflejó no sólo en la aceptación de la cinta por parte del público que tuvo la oportunidad de verla; sino también en las nominaciones y galardones que ésta recibió. 

Por desgracia, pese a ser una excelente película que ha sido llevada a diversos países, no es muy conocida y pasó casi desapercibida para el público en general. Sin embargo, usted no puede perdérsela para crear su propia opinión no sólo sobre la cinta sino también sobre las problemáticas que aborda.

Título: Madame Satã; Dirección y guión: Karim Aïnouz; Fotografía: Walter Carvalho; Música: Marcos Suzano & Sacha Ambak; Reparto: Lázaro Ramos, Marcelia Cartazo, Flavio Bauragui, Felipe Marques, Emiliano Queiroz, Renata Sorrah; Año: 2002; País: Brasil/Francia; Duración: 105 min.

Blinded by the Light

El soundtrack de una vida

Por @kurenai_alex

A lo largo de nuestra vida cotidiana, cada uno de nosotros ha construido un soundtrack particular. Parece que cada canción que nos acompaña se dirige a nosotros de forma personal, nos narra una historia, crea una nueva o acompaña un recuerdo. Y dentro de ese playlist creado a través de nuestra propia experiencia, existen canciones y artistas específicos que parecen dirigirnos mensajes exclusivos, que nos ayudan a replantear un pensamiento, un comportamiento, a conocer algo nuevo o experimentar una situación distinta.

Kulvinder Ghir, Meera Ganatra, Viveik Kalra y Nikita Mehta en Blinded by the Light

Ese es más o menos el tema abordado en Blinded by the Light, último trabajo de la directora británica Gurinder Chadha, conocida por película como Angus, Thongs and Full-Frontal Snogging (2008) o Paris, je t’aime! (2006).

En esta película Chadha decidió retomar la vida del reportero británico Sarfraz Manzoor, con quien además coescribió el guión, para presentar la vida de un chico inglés de ascendencia paquistaní, que debe enfrentar la discriminación, limitaciones económicas, a su familia; pero sobre todo sus propios prejuicios y barreras mentales para perseguir su sueño de convertirse en escritor. En su duro trayecto el chico conoce a Bruce Springsteen, o al menos su música, y decide que utilizará sus palabras como guía, puesto que estas logran conectarse con él en un nivel que ni siquiera las personas logran.

Viveik Kalra en Blinded by the Light

La película, que por momentos parece más bien una comedia romántica, presenta una serie de temas políticos y sociales que continúan vigentes pese al paso del tiempo. Aunque claro, al mismo tiempo lanza una serie de descaradas moralejas que apelan a los temas cliché del cine de los últimos años: la familia y la amistad.

Sin duda la trama es un tanto plana, pues realmente no existe un GRAN clímax, más bien se forma por una serie de pequeñas circunstancias que al final tienen una consecuencia obvia. Aún así, la película, es entretenida y tierna, no hay mejor palabra para describirla. A través del personaje de Javed, nos introducimos en la vida ordinaria de un adolescente de los años 80, sus experiencias, deseos y expectativas.

El esqueleto de la película se construye a través del testimonio del propio Javed, quien narra sus experiencias, la cámara objetiva, que como dios omnisciente nos lleva a presenciar el mundo de Javed, y la música, que desempeña el papel más importante al fungir como vínculo entre el mundo físico/exterior de Javed y su mundo interno e ideas. Y aunque la música es fundamental, e incluso existen un par de números musicales, este filme no pertenece al género del musical, a diferencia de películas como Across the Universe (Julie Taymor, 2007) que más parece un pretexto para escuchar canciones que la construcción de un argumento, Blinded by the Light sí logra crear una historia propia e independiente, en la que la música es el complemento.

Fotograma de Blinded by the Light

Los aplausos en el campo de la actuación definitivamente son para Viveik Kalra, en el papel protagónico, Kulvinder Ghir, en el papel del padre, y Meera Ganatra como la madre, pues son ellos quienes construyen todo el conflicto y al mismo tiempo buscan las soluciones a él. Viveik Kalra logra con una sola mirada mostrar su frustración, preocupación, tristeza, felicidad o enamoramiento sin siquiera tener que decir una palabra.

Sin duda esta película es un excelente trabajo fílmico recomendado para comenzar a interesarnos por la historia política y los antecedentes migratorios en Inglaterra, desplazarnos por las calles del lugar hace más de tres décadas, pues los escenarios realmente buscaron recrear los lugares por medio del diseño de producción, y además conocer o reencontrar la música de Bruce Springsteen al mismo tiempo.

El poder de la música para transmitir sentimientos y emociones es increíble, más sorprendente es su capacidad para cambiar el estado de ánimo, e incluso el actuar de las personas; y todavía más impresionante es la forma en que logra que los individuos más diversos se conecten a través de ella.

Son muchas las películas que han tratado de mostrar la trascendencia de la música como medio de comunicación, generadora de revoluciones, iniciadora de romances y mucho más, pues los universos que giran en torno a ella son simplemente inagotables. Y aunque Blinded by the Light no es la más novedosa de las historias, por lo menos es un material que se disfruta pese a las dosis constantes de moralidad incrustadas, porque al final la mejor lección que podemos aprender es que la música nos conecta más allá de su nacionalidad y nos permite redescubrirnos como individuos.

Crazy Eights

Las malas también entretienen

Por @kurenai_alex

En años recientes la producción de películas de terror ha crecido exponencialmente. Sin embargo, con su explotación, los guiones, argumentos y actores se han ido deteriorando hasta dar paso a una mezcla tan extraña que muchas veces ya no sabemos si lo que vemos es comedia o terror. Desde luego este fenómeno no es privativo del género. Basta con echarle un vistazo a una de las últimas sagas de vampiros estrenada en cines para comprobar que dentro de la industria cinematográfica está ocurriendo un fenómeno extraño, en el que lejos quedan las poéticas escenas que nos otorgaron personajes del mundo del cine como Fritz Lang, Fedérico Fellini, Andrei Tarkovsky o Akira Kurosawa.

Pero ello no significa que todas las películas sean malas o que el buen cine esté desapareciendo. Simplemente que la industria está evolucionando de acuerdo a su contexto.  Mas con todo y sus defectos de producción, diseño, estructura, etcétera, estas películas no dejan de consumirse y de acrecentar los millones de dólares que percibe la industria, sobre todo si hablamos de cine hollywoodense. Después de todo y aunque le pese a muchos puristas que consideran que el cine debe ser arte y nada más, éste no deja de ser una gran empresa, y como tal, busca generar dinero, y si con ello hay que sacrificar un poco la estética o la lógica, para mostrar en pantallas una serie de imágenes que atrapen al público, definitivamente lo hará.

Ya podrán quejarse Jean Louis Comolli u otros, sobre la creación del cine que adormece al espectador, y no por ello desaparecerá. Por otra parte, cada cinta, sin importar qué tan absurda resulte para algunos es al final entretenimiento para otros. En términos prácticos: las malas también entretienen. Tal es el caso de Crazy Eights, y es que si hay una película que tenga material para criticar y reír a carcajadas es esta producción de James Koya.

La historia va así: después de 20 años, seis amigos se reencuentran, pero no para charlar y recordar; sino para el funeral de un séptimo, que misteriosamente ha dejado en su casa instrucciones precisas para llegar a la cápsula del tiempo que escondieron juntos cuando eran niños. Siguiendo los clichés clásicos todos deciden ir al lugar de sus pesadillas: una siniestra clínica en la que experimentaban con ellos en su infancia, sólo para recuperar la dichosa cápsula. Pero ahí el terror los aguarda.

Esta película, producida en 2006, cuenta con las actuaciones de Traci Lords (popular actriz porno del 84 al 86), Frank Whaley, Dina Meyer, Gabrielle Anwar, George Newbern, Dan DeLuca, Karen Berris, Michael Gabel, Joe Hansard y Jason King, y además cuenta también con todos y cada uno de los clichés de películas de terror. El carro que se descompone a la mitad del bosque; el fantasma del vestido blanco que por cierto, en un inicio, es el de una niña de siete u ocho años y al finalizar la película el de una mujer de 30 o 40; muertes sin sentido y lo mejor de todo ¡sangre que parece salsa de tomate! 

A cada paso la trama se vuelve más enredada, tanto que al final ya no sabes quién es el malo o si en realidad hubo un malo. Los errores de continuidad son más evidentes que los fraudes políticos, y cada nueva situación a la que se enfrentan los personajes es más inverosímil que la anterior. Esta es definitivamente, una película que no puede dejar pasar si busca convertirse en un crítico experto en buscar errores en los filmes, desde los movimientos de cámara hasta las actuaciones le dejaran una grata experiencia, puesto que cada elemento es digno de ser criticado y corregido. 

Claro que si usted es más bien del tipo que piensa que sólo hay que ver “buen cine”, primero comience por definir qué es “buen cine” y segundo no pierda su tiempo en esta cinta. Para finalizar basta decir que para poder reconocer entre una producción cinematográfica de calidad hay que tener bases de comparación de lo contrario los argumentos críticos pierden legitimidad. Y créame, sin importar qué sea lo que se vea, siempre aprenderá algo nuevo, en este caso, por lo menos aprenderá qué no se debe hacer en una película de terror.    

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