Las edades de Lulú

¿Erotismo o soft porn?

Todas las personas tienen fantasías. La RAE las define como la: «facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar los ideales en forma sensible o de idealizar las reales». Sin embargo, ¿qué es lo que ocurre cuando esas fantasías se forman como una vía de escape por culpa de la frustración? Y peor aún, ¿qué pasa cuando nos arrastran a lugares oscuros con el fin de cumplirlas?

Ese es precisamente uno de los temas que aborda el libro  de Las edades de Lulú, de la escritora española Almudena Grandes. Publicada en 1989, la novela recibió una gran aceptación. Está narrada en primera persona y cuenta las impresiones de Lulú sobre su vida y sus problemas.

La trama  es sencilla. Todo comienza con una película porno. Sí, así como lo lee. La novela comienza con una narración por demás descriptiva de una escena pornográfica en la que aparecen dos hombres y una mujer teniendo relaciones sexuales: «Ellos, sus hermosos rostros, flanqueaban a derecha e izquierda al primer actor, que entonces no pude identificar, tal era la confusión en la que aquella radiante amalgama de cuerpos me había sumido previamente. La carne perfecta, reluciente, parecía hundirse satisfecha en sí misma sin trauma alguno, sujeto y objeto de un placer completo, redondo, autónomo, tan distinto del que sugieren esos anos mezquinos, fruncidos, permanentemente contraídos en una mueca dolorosa e irreparable» (Almudena Grandes, Las edades de Lulú, 1989).  

Conforme las páginas avanzan, Lulú narra su historia, su vida enamorada de Pablo, el mejor amigo de su hermano, su iniciación en la vida sexual y ésta como base para su posterior matrimonio. Luego de una tranquila y aparentemente feliz vida con Pablo, Lulú comienza a sentir las repercusiones del sexo como parte primordial para construir una relación, lo cual la vuelve inestable y desconfiada, por lo que decide apartarse de la comodidad de la vida en pareja y buscar en nuevos horizontes la tan anhelada paz mental de la que carece.

El tema principal de la novela resulta por demás trillado. Sin embargo como el sexo vende, y al final el cine no deja de ser industria, en 1990 el director español Juan José Bigas Luna decidió realizar su adaptación cinematográfica.

Óscar Ladoire y Francesca Neri en Las edades de Lulú (Bigas Luna, 1990)

Para la película se contó con las actuaciones de: Francesca Neri (Lulú), Óscar Ladoire (Pablo), María Barranco (Ely), Fernando Guillén Cuervo (Marcelo), Rosana Pastor (Chelo) y Javier Bardem como Jimmy.     

Aunque con un orden cronológico distinto, la película resultó bastante fiel a la novela y se enfocó en mostrar 95 minutos de cinta con una gran carga sexual para regocijo de quienes gozan de éste tipo de películas. Lo cierto es que no había mucho que hacer en el caso de la historia de Lulú, puesto que la novela ya era de por sí explícita en cuanto a las escenas de sexo se refiere. 

Si lo vemos desde un punto de vista positivo, sí, Las edades de Lulú habla sobre «la evolución de la vida sexual», «la sumisión» y «el alcance de la madurez»; mas no por ello deja de ser una película bastante vacía, que se aleja mucho de otras obras de Bigas Luna que optan por las referencias oníricas y los personajes humanos sin caer en el naturalismo. 

Óscar Ladoire y Francesca Neri en Las edades de Lulú (Bigas Luna, 1990)

Pese a que la crítica la ha favorecido, como no lo hizo con muchas otras que abordaban temas similares con la misma tendencia a utilizar el erotismo como vía, y es considerada una joya del cine erótico y del cine español, no deja de ser una película basada en una historia movida únicamente por el sexo, en la que las escenas eróticas carecen de razón de ser. 

Mas no por ello hay que negar y menos demeritar el esfuerzo en conjunto que llevó a cabo la producción de esta cinta. Las actuaciones son buenas y la dirección consiguió de forma perfecta cristalizar la historia de una novela de gran extensión en menos de dos horas. Así que si lo que buscas es pasar un rato entretenido con una película de ritmo lento con cualidades para ser sobre analizada, esta es la mejor opción. Ve Las edades de Lulú y juzga tú mismo si las escenas eróticas podrían ser o no sustituidas por el diálogo sin dañar en lo más mínimo la trama de la historia, aunque eso sí tornándola un tanto más plana y menos atractiva para las personas. 

Título original: Las edades de Lulú; Año: 1990; País: España; Director: Bigas Luna; Guión: Almudena Grandes y Bigas Luna; Música: Carlos Segarra; Fotografía: Fernando Arribas; Reparto: Francesca Neri, Óscar Ladoire, Javier Bardem, Fernando Gillén Cuervo, Rosana Pastor, Juan Graell; Género: Drama, erótico

Kairo

Entre el mundo virtual y la soledad humana

Por @kurenai_alex

Si dos puntos se acercan demasiado, mueren. Pero si se alejan, son atraídos… es un modelo en miniatura de nuestro mundo-Kairo

Para continuar con la revisión de películas clásicas de terror en este mes de octubre, hablaré de una película del gran director Kiyoshi Kurosawa (grito de fanática), pero antes, comenzaré con algunos de los antecedentes que lo posicionaron como uno de los más reconocidos directores del cine de terror.

Nacido en 1955 en Japón, Kiyoshi Kurosawa es considerado uno de los mejores cineastas de la ola de terror japonesa.

Graduado de la Universidad de Rikkyo en la carrera de Sociología, Kurosawa era fanático de las grabaciones en 8mm, las cuales le sirvieron como antecedente para dar inicio a su fructífera carrera como director. En sus primeros años dentro del cine trabajó como ayudante de grandes figuras del cine japonés, entre ellos Kazuhiko Hasegawa.

Kiyoshi Kurosawa cuenta con una trayectoria amplia que va desde los dramas hasta las películas de terror de carácter filosófico.  Su amplia concepción del ambiente y recursos cinematográficos, lo ha llevado a construir historias por demás sorprendentes, conmovedoras e intrigantes. Cuenta con un estilo propio, definido y fácil de reconocer, en el que los planos secuencia son un recurso por demás utilizado. 

En cada trabajo suyo se aprecian una serie de simbolismos en los que engloba la complejidad del ser, la soledad, la doble moral, etcétera, todo a través del lenguaje cinematográfico. Aunado a ello lanza interrogantes claras y directas sobre las circunstancias más escabrosas que atañen a las pasiones humanas en general, siempre utilizando personajes definidos, atrayentes y oscuros.  Sin embargo, pese a todas las similitudes estilísticas que se aprecian en sus filmes, todos ellos resultan sorprendentes a su manera.  Este director es sin duda una mente maestra del cine, y para probarlo basta con ver cualquiera de sus cintas. 

Y así es como va la historia de su película…

Michi, una chica promedio que se dedica a trabajar en un pequeño local en Tokio. Un buen día decide ir a casa de un compañero a recoger un disquete, ya que él se ha retrasado en la entrega. Por desgracia no cuenta con que al llegar ahí encontrará su cuerpo sin vida, y menos aún que sea el propio fantasma de su compañero quien le muestre el hallazgo. La única pista que tienen ella y sus amigos para resolver el misterio de la muerte son las extrañas grabaciones que aparecen en uno de los disquetes del fallecido. 

Kairo (Kiyoshi Kurosawa, 2001)

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Kawashima, un joven inexperto en el uso de las nuevas tecnologías suda sangre (metafóricamente), al ser incapaz de conectar su computadora a la red. Por suerte, o por desgracia, parece que su computadora está más interesada que él en que ingrese al mundo virtual y se conecta de forma automática. Mas, lo único que le muestra es una frase escalofriante: “¿quieres ver un fantasma?”, y una serie de imágenes muy similares a las que aparecen en el disquete del amigo de Michi. 

En busca de resolver su problema de conexión, Kawashima conoce a Harue, la joven técnica de la Universidad, con quien entabla una relación bastante peculiar, basada únicamente en la necesidad de él por conectarse y la curiosidad de ella por las misteriosas imágenes. 

Por otra parte, la ciudad comienza a ser atacada por una extraña plaga de desapariciones inexplicables, todas ellas unidas a una misteriosa puerta sellada con cinta roja, y claro, a las imágenes que aparecen en las computadoras de los desaparecidos…

Kairo (Kiyoshi Kurosawa, 2001)

Así va más o menos la trama de Pulse.  Esta película del 2001, es simplemente una obra maestra. Tiene de todo, y a pesar de durar casi dos horas no resulta aburrida ni cansada, por el contrario te mantiene expectante. Aunque en un principio parece que nada de lo que pasa tiene una conexión, poco a poco va hilando cada acontecimiento hasta formar una red. Esa es precisamente la magia del trabajo de Kurosawa, no sólo trata el tema de la red y la vinculación en el argumento de la película; sino que incluso la construcción de las escenas y las acciones siguen esta lógica.  

La música del filme estuvo a cargo de Takefumi Haketa, conocido principalmente en el mundo de la animación japonesa por su trabajo en series como Vampire Knight. El elenco fue encabezado por Kumiko Aso, quien ya había participado en cintas del mismo género como Ring 0: the birthday, y Haruhiko Kato, actor de la cinta Carved del famoso director de terror japonés Koiji Shiraishi. Además contó con una breve participación de Kôji Yakusho, el actor más utilizado por Kurosawa a lo largo de su carrera. 

Pulse o Kairo, su título original, es una excelente opción si comienzas a acercarte a los trabajos de Kurosawa o al cine de terror japonés. Aunque, realmente, cualquiera de las películas de este director es digna de ser vista, ya sea para analizar cada uno de sus elementos o por simple entretenimiento. 

Título: Kairo; Dirección: Kiyoshi Kurosawa; Guión: Kiyoshi Kurosawa (basada en la novela del mismo nombre de John Wyndham) ; Música: Takefumi Haketa; Reparto: Kumiko Aso, Haruhiko Kato, Koyuki, Kurume Arisaka, Kôji Yakusho; País: Japón; Año: 2001

Miroslava

«Mañana ya no estaré aquí»

Por @kurenai_alex

La Cineteca Nacional de México presentó este lunes 30 de septiembre Miroslava como parte de las Nuevas reflexiones sobre cine mexicano, cuyo tema principal en esta edición son los Laberintos de la memoria. La presentación de la película estuvo a cargo del licenciado Gabriel Rodríguez Álvarez además de contar con la participación del director de la película el cineasta Alejandro Pelayo.

Gabriel Rodríguez y Alejandro Pelayo en la presentación de Miroslava (1993) Foto: Manuel Pineda

De acuerdo con el licenciado Rodríguez, esta película forma parte de las estrategias de las instituciones mexicanas de cinematografía para internacionalizar al cine nacional que se desarrollaba en la década de los noventa, momento en que el país se adhería a los nuevos tratados de comercio internacional; además de ser «el gesto de un cine mexicano en donde los personajes dejan de ser sólo estereotipos». La selección de esta película realmente hace honor al título de las conferencias, pues toda ella se forma con base en recuerdos a lo largo de la trama.

Por su parte el cineasta Alejandro Pelayo, actual director de la Cineteca, relató la forma en que se realizó la filmación en lugares comunes de la Ciudad de México como la estación Buenavista, La casa del libro o el Palacio de Bellas Artes, con un presupuesto pequeño y la colaboración de un soberbio equipo de producción que lograron recrear lugares como Praga o España. Asimismo destacó las dificultades de conseguir a la actriz protagónica, puesto que al ser una biopic debía contar con realismo y credibilidad. El director de La víspera señaló también que decidió aceptar este proyecto pues «era un reto construir algo diferente a lo que ya había hecho hasta ese momento, este era un papel femenino y una historia que giraba entorno a él».

El guión fue escrito por Vicente Leñero, basado en el cuento homónimo de Guadalupe Loaeza, incluido en Primero las damas libro publicado por la autora en 1990. La historia se centró en representar el último día de vida de la actriz checa Miroslava, figura monumental de la Época de oro del cine mexicano.

Gabriel Rodríguez y Alejandro Pelayo en la presentación de Miroslava (1993) Foto: Manuel Pineda

La película se construyó con base en dos tipos de narraciones: el falso documental, en el que observamos a Alex Fimman (Claudio Brook), amigo íntimo de la actriz narrarnos desde su perspectiva cómo fueron los últimos momentos de Miroslava; y la representación visual de ese último día, de donde se desprende además los recuerdos de la protagonista.

A lo largo del metraje observamos los recuerdos de la actriz, que vive sumergida constantemente en la nostalgia de los recuerdos y las experiencias perdidas, todo ello acompañado de una impresionante paleta de colores como no se ha visto igual en el cine mexicano. Todo el presente se ilustra por medio de los tonos fríos, prevalecen los azules, a juego con los ojos de la actriz, y los blancos; en tanto los recuerdos se asocian primordialmente con los tonos cálidos como cafés, naranjas y rojos en los momentos de éxtasis y pasión. Cabe señalar que el diseño de arte corrió a cargo de José Luis Aguilar, quien realizaría otros trabajos de diseño de arte en películas como House of Cards (Michael Lessac, 1993) o El cielo en tu mirada (Pitipol Ybarra, 2012).

A la inmejorable paleta de colores se suma la fotografía del galardonado Emmanuel Lubezki, que con sólo un encuadre atraviesa las emociones del espectador, pues cada uno de los elementos que aparecen en escena revela un momento trascendental de la historia de Miroslava, nos guía hacia su sentimientos o ideas más profundas, además de comunicarnos lentamente que nos acercamos de manera irremediable hacia la tragedia.

Arielle Dombasleen en Miroslava (Alejandro Pelayo, 1993)

Con tomas cenitales, close up a los ojos, los labios, las manos, todo ello acompañado de un ritmo fluido que cambia constantemente los elementos en pantalla, Lubezki retrata las emociones del personaje, sin contar con los elementos recurrentes, leitmotiv que nos hablan de las costumbres, la decadencia o la sensualidad del personaje principal. Martinis, medias de nailon, cigarrillos sin filtro, labios siendo pintados de colores vivos, aparecen una y otra vez como marcas distintivas asociadas a la conducta del personaje principal.

A ello se suma el erotismo latente durante toda la película. Acentuado con el vestuario, los movimientos del personaje e incluso la música. Y pese a contar con escenas de desnudos parciales, la película nunca se desborda de exhibicionismo, pues cada uno de los desnudos en pantalla adquiere una significación que alude a un momento en el estado de ánimo de la actriz, encarnada de manera asombrosa por tres actrices distintas: Pamela Sniezhkin Brook, Arleta Jeziorska, y Arielle Dombasle

Los ambientes y personajes se construyeron de forma tan adecuada que de verdad es posible creer que nos encontramos no sólo en otra época; sino incluso en otro país. Las atmósferas transmiten verdaderamente la aprensión de la persecución en Praga, la nostalgia por los recuerdos de la infancia, y el desencanto por las desilusiones amorosas, todo ello a través de la composición cinematográfica.

Arielle Dombasleen en Miroslava (Alejandro Pelayo, 1993)

Sin exagerar, Miroslava es la mejor película mexicana realizada a color, no existe ningún elemento que sobre o que falte, es un trabajo bello, creíble y entrañable. Desde luego la actriz Arielle Dombasle no se parece realmente a la Miroslava original, pero ello se compensa con su actuación y caracterización.

Miroslava es una película que debe ser difundida y reconocida por el gran trabajo que se logró materializar gracias a un excelente equipo de producción, pues tal como señaló el director de la película «a veces el trabajo del director es conjuntar talentos que se expresen de manera visual» y que entreguen producciones como esta que muestra que el cine mexicano puede ser algo más que sólo la explotación naturalista de los temas cotidianos.

La balada del viento y los árboles

«¿Qué pueden saber los ignorantes sobre el amor?»

Por @kurenai_alex

Durante la segunda mitad del siglo pasado, surgió en Japón una oleada de nuevas historias en el mundo del manga. Con la llegada del Grupo 24, conjunto de mangakas nacidas en la primera mitad del siglo pasado,  la innovación en el género shojo, o historias para chicas, sufrió una transmutación de dimensiones sorprendentes. 

Dentro de este grupo se encontraban personas como Hagio Moto, quien con El corazón de Toma (Tôma no Shinzô) o Un Dios cruel gobierna (Zankoku na kami ga shihai suru) se atrevió a tocar temas que, si bien son por demás comunes, no dejan de causar polémica. El racismo, la homosexualidad, discriminación y el maltrato psicológico eran algunas de las temáticas explotadas por el Grupo 24; mas contaban con la enorme peculiaridad de hablar de éstas a través de bellísimas historias románticas, que escapaban de los clichés usuales. 

Pero, fue Keyko Takemiya, quien se posicionó como ama y señora de las nuevas temáticas, al crear una de las historias más hermosas del mundo del manga; que si bien nunca llegó a la pantalla grande, y en realidad contó con una popularidad más bien discreta, ha logrado dejar una profunda huella en todo aquel que tiene la oportunidad de verla. 

Es por ello que en esta ocasión hablaré de La canción del viento y los árboles o La balada del viento y los árboles, (Kaze to ki no uta) como se le traduce, una publicación de la editorial Shogakukan del año de 1976, que posteriormente fue llevada a la pantalla chica en su versión animada y muy recortada en 1987. Pero eso no significó que la historia perdiera calidad, su argumento, la música, los hermosos dibujos y el increíble trabajo de doblaje la transformaron en un gran producto que, por desgracia, no ha sido tomado en cuenta aún por algún curioso guionista o director que se atreva a retomar esta historia para trasladarla al mundo del cine. 

Kaze to ki no uta está situada en Arles, Francia a finales del siglo XIX, y narra la historia de Serge Battour, un chico mestizo, único heredero del vizconde Battour y una hermosa gitana, matrimonio que desde luego su familia no aprobó. Sin embargo, tras su muerte se verían obligados a aceptar a Serge como su sucesor.  

La historia del manga y su versión animada difieren bastante, sobre todo por cuestiones de tiempo. Mientras que el manga consta de 17 volúmenes, en los que se desentraña poco a poco la historia de cada uno de los personajes y sus oscuros secretos, en su versión para la pantalla chica todo tiene que llevarse a cabo en cerca de una hora con diez minutos, por lo que muchos detalles intrigantes, y por demás morbosos, de la trama nunca se develan o quedan como parte secundaria, únicamente como contexto de la historia. 

Todo comienza cuando Serge ingresa al colegio más prestigioso de Arles, Laconblade, cumpliendo su sueño de pertenecer a la misma escuela que su padre. El pequeño, de apenas 14 años, cuenta con todos los talentos de la vida. Es inteligente, responsable, noble, bueno en los deportes y para variar un excelente músico. Su especialidad es el piano, y en el colegio encuentra pronto quien guíe su talento. Serge logra vencer todo tipo de obstáculos, desde la discriminación, debido al color de su piel, hasta los rumores con respecto al origen dudoso de su madre.

Sin embargo ese es sólo el principio, porque para su desgracia, o fortuna, lo colocan en la habitación que nadie quiere, en donde irónicamente se hospeda el compañero que todos desean: Gilbert Cocteau, un chico con una belleza peculiar capaz de trastornar hasta a la persona más cuerda del mundo. 

Aunque al principio Serge no comprende porqué la habitación despierta la intriga y los chismes de sus compañeros, muy pronto descubre toda una serie de escaramuzas que involucran a muchos de sus compañeros y hasta al director de la escuela en prácticas sadomasoquistas homosexuales con el inocente Gilbert, que de inocente no tiene nada. 

La realidad es que el chico es el prostituto oficial del colegio y aprovecha esa situación para mantenerse entretenido. Aunado a ello, el pasado del pequeño es una maraña de secretos de índole poco agradable para la sociedad francesa moralista. 

Pese a llevar el apellido Cocteau, Gilbert no es hijo legítimo de la familia. Su verdadero padre es el escritor Auguste Beau, quien fue adoptado por la familia Cocteau cuando aún era un niño, al llegar a la adolescencia tuvo una aventura con la esposa de su hermano adoptivo y su unión dio como resultado el nacimiento de Gilbert. Así Auguste se encargó de criarlo como su tío y amante, infringiéndole  castigos físicos y psicológicos para «mantenerlo puro», pues de acuerdo con él, los seres puros son bellos: sólo se puede llegar a la verdadera belleza a través del sufrimiento, por lo tanto los ignorantes, personas con escaso intelecto e interés por el arte y la belleza, o quienes llevan vidas normales y tranquilas nunca conocerán el amor.  

De esta manera, la trastocada visión del amor, la fidelidad y la soledad transforman a Gilbert en un manipulador capaz de darlo todo con tal de conseguir sus propósitos. Lo mantiene alejado de las demás personas y lo imposibilita para reconocer el bien o el mal desde una perspectiva social. Así, Serge, quien a fuerza de convivir con él, empieza a descubrir su verdadera y muy oculta personalidad, decide arriesgarlo todo para rescatar a Gilbert, sin darse cuenta que cada acción que realiza los hunde más a los dos en un abismo sin salida, o mejor dicho con una única salida. 

Como ya mencioné esta es una historia realmente hermosa. El trato de los perfiles psicológicos de los personajes no deja ni un detalle al aire, el uso de la música de Chopin como parte del soundtrack y el estilizado diseño visual de cada  interprete envuelve al espectador de manera tal que, sin importar que tan crudos sean los temas abordados, es imposible no seguir viendo la animación, y al terminar buscar el manga para desentrañar todos los pequeños huecos que no se pueden cubrir en la versión animada. 

Esta es una excelente opción si estás cansado de las clásicas historias del cliché homosexual del cine hollywoodense, si quieres conocer una visión distinta de este gastado tema, si eres un melómano o simplemente disfrutas de los dibujos animados creativos y estilizados. 

Ficha técnica; Título: Kaze to ki no uta; Director: Yoshikazu Yasuhiko; Guión: basado en la historia original de Takemiya Keiko; Estudio: Studio Gallop ; Año: 1987 

La víspera

«El cine independiente de los 80 es como decía Maryse Sistach «es un cine de tortas y chaparritas»» Alejandro Pelayo

Por @kurenai_alex

Este 12 de septiembre se presentó, en la Cineteca Nacional de México, La víspera (1982) del director Alejandro Pelayo, como parte del foro Conversando con nuestros protagonistas, que en esta ocasión han contado con la presencia de la actriz María Rojo. Dentro de la presentación, el director y la actriz, quienes colaboraron juntos en este trabajo, narraron las anécdotas que hicieron posible la creación de este filme que es, en palabras de la actriz «una de las mejores películas políticas que se han hecho en México».

Alejandro Pelayo y María Rojo en la presentación de La víspera (1982)

Durante la época que fue filmada la película, el cine se producía mayoritariamente en formato de 35 mm; mas, la ópera prima de Pelayo se grabó en formato de 16 mm a blanco y negro. Debido a la falta de presupuesto para realizar cine de autor en aquella década en la que las películas de ficheras y narcos llenaban las pantallas y televisores. Fue así que Pelayo aceptó la oferta de Federico Weingartshofer, quien tenía algunos rollos de una producción anterior y decidió donarlos para que el proyecto viera la luz.

Pero esta no es la única anécdota curiosa en torno a La víspera. La filmación duró únicamente 12 días, mientras que la construcción del guión se realizó en cuatro años. Asimismo, el director trató de volcar su fascinación por el cine de Fellini incluyendo una interpretación de Stormy weather, melodía utilizada en Le notti di Cabiria de 1957.

Stormy weather, Le notti di Cabiria, 1957, Federico Fellini

Otro dato curioso es que la película, además de contar con un excelente elenco frente a cámaras y otorgarle su primer papel protagónico a Ernesto Gómez Cruz, contó con la participación de un muy joven Alfonso Cuarón, quien tuvo a su cargo la tarea de sostener el boom con el micrófono.

«Cada película responde a su contexto, y esto era lo que se podía hacer en los años 80: era el cine independiente de esos años», declaró Pelayo para referirse a este trabajo que se realizó con un escaso presupuesto, a modo de colectivo y gracias a la participación y la pasión de un gran equipo de producción. De acuerdo con el director de la Cineteca , la forma más precisa para definir al cine independiente de los años 80 en México, es la explicación de la directora Maryse Sistach, quien se refirió a éste como un «cine de tortas y chaparritas», debido al escaso presupuesto con el que contaban los artistas para realizar sus obras y el nulo apoyo gubernamental.

Ernesto Gómez Cruz, La víspera, 1982

La víspera es un trabajo sorprendente por su calidad histriónica, su aprovechamiento de recursos técnicos, la novedad del tema que aborda y la madurez, proximidad y profundidad con la que se presenta, pues narra la historia del ingeniero Manuel Miranda un político, en medio de la transición presidencial, que espera con ansiedad recibir «la llamada, primero del secretario presidencial y después del mismo señor presidente» para comunicarle que ha sido seleccionado para formar parte del nuevo gabinete.

Aunque la interacción entre los actores es obvia y necesaria, muchos de los diálogos se componen como pequeños monólogos, generalmente tomados en big close up, en los que vemos claramente el reflejo de la nostalgia por el pasado, y al mismo tiempo la incertidumbre por el futuro de personajes que continúan anhelando las glorias, y el poder de antaño. Porque si hay un tema preponderante en toda la película es sin duda el ansia de poder.

Por medio de los diálogos se hace un recuento de la historia de la política mexicana, desde Adolfo Ruiz Cortines (presidente de 1952 a 1958) hasta la llegada de los tecnócratas al poder y la entrada del neoliberalismo, que reconfiguró la vida de millones de mexicanos. Existen frases agudas y breves que resumen la visión de los políticos mexicanos: «el problema de los funcionarios mexicanos es la credibilidad». Y otras frases se convierten en máximas: «muchos dicen que la historia se repite. Es mentira. La historia la escribe quien tiene el poder».

Ernesto Gómez Cruz , La víspera, 1982

Y mientras examinamos esa ansia que consume a todos los participantes y allegados al ingeniero Miranda, asistimos también a la formación y transformación de otros personajes, principalmente de Margarita (María Rojo), quien se queda a lado del ingeniero por el puro placer de su compañía, también es la que no desea volver al mundo de la política, y la única que acepta la realidad para dar paso a su propia evolución.

Ana Ofelia Murguía e Ignacio Retes, La víspera, 1982

Realmente es de agradecerse el esfuerzo del director y guionista por presentar una película plagada de diálogos inteligentes que apelen al razonamiento del espectador y no presentar una sátira simple de un tema mil veces tratado, pero pocas veces profundizado, como lo es la política.

A diferencia de otras películas como La sombra del caudillo (Julio Bracho, 1960), la cual sufrió censura y mutilación debido a la manera de exponer a los políticos de su época, La víspera corrió con la fortuna de no ser censurada pues como el mismo director señaló «no hubo censura porque no pasó por los circuitos comerciales», declaró Pelayo, sin embargo, ello impidió que se distribuyera a gran escala y pese a haber ganado cuatro premios Ariel, tuvo que ser distribuida tal como fue producida: de manera independiente.

Vale la pena revisar esta película, analizarla y disfrutarla como cinta, como testimonio audiovisual de la manera de producir cine independiente, y como un retrato de la humanización de la figura de los políticos que en muchas ocasiones terminan por olvidar que sin importar su puesto público continúan siendo personas.

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