«El cine es un juego de miradas» María Rojo
Por @kurenai_alex
Este jueves 10 de octubre se presentó en la Cineteca Nacional de México Danzón, película de 1991 dirigida por María Novaro. Con esta presentación se concluyó el ciclo Conversando con nuestros protagonistas, dedicado a María Rojo. La actriz, quien estuvo presente durante la exhibición de esta versión restaurada de la película, destacó la trascendencia de las producciones realizadas de manera independiente durante la época en que las ficheras seguían siendo el tipo de cine con mayor producción y presupuesto.

Foto: Manuel Pineda
La actriz detalló además la manera en que María Novaro construyó la historia que logró ganarse a la crítica a nivel internacional, e incluso hacerlos pensar que la ciudad de Veracruz era un set, puesto que «no podía existir en México un lugar tan hermoso y pintoresco».
Danzón es realmente una película hermosa. Como parte de los aspectos técnicos destaca la precisión con la que la cámara se mueve en dos dimensiones, primero en encuadres muy abiertos que nos dejan ser parte de los escenarios y en segundo lugar, como una espía que se acerca lo más posible a los rostros de los personajes delatando los sentimientos que experimentan.

A través de la conjunción de esos movimientos cinematográficos y la música, que ocupa gran parte del metraje, conocemos a Julia, una telefonista que trabaja en el Distrito Federal comunicando llamadas de larga distancia. Su pasión más grande es el baile, sobre todo el danzón. A diferencia de sus compañeras de trabajo y su propia hija adolescente, Julia no desea entablar una relación ni sentimental ni sexual con algún sujeto, ella es feliz con Carmelo Benítez, un hombre en los cincuenta con quien se ha reunido por seis años para bailar. Todo parece perfecto para Julia hasta el día en que Carmelo no asiste al salón de baile.
Después de algunos días de esperarlo, y tras una serie de búsquedas infructuosas, Julia emprende un viaje rumbo a Veracruz con la finalidad de traer de vuelta a su pareja de baile. Pero ella no cuenta con que ese viaje le traerá muchas más aventuras de las que espera.
Aunque así podemos sintetizar la historia, una sinopsis no le hace justicia a esta película que de verdad logró crear un espacio diegético digno de análisis y halagos. Todo el trabajo se constituye con una mezcla perfecta entre la música, los diálogos y la imagen.

Pero, aunque la música es fundamental para conducir el argumento, no presenciaremos aquí ningún número musical lleno de parafernalia, cortes rápidos y figuras populares, estilo acostumbrado durante la Época de oro del cine mexicano; por el contrario, la música aparece como personaje y se adentra de manera sutil, ya sea como parte de los salones de baile o como melodía entonada por Carmen Salinas, quien en esta película tuvo una participación encomiable, en la que deja de lado el estereotipo en que la sumergió la televisión mexicana, para mostrar una faceta diferente: una mujer con alto grado de empatía que no se deja arrastrar por los sufrimientos cotidianos; consejera, compañera y cómplice de quien en ella busca apoyo.
En este punto, los personajes se alejan de los clichés del cine mexicano, puesto que el universo que retrata Novaro no busca exhibir de manera naturalista los pesares de los menos favorecidos, o hacer uso de frases populares para lograr identificación; busca otorgarle fidelidad a la historia, ello desde luego conlleva la inserción de personajes tipo, pero éstos nunca caen en lo burdo o exagerado.

En medio de esos personajes humanos y reales se encuentran también los leitmotiv: vinilos, zapatos de tacón, miradas esquivas y seductoras, sonrisas espontáneas y lágrimas vivas, que son acompañadas al ritmo de la música de Luis Arcaraz, Toña La Negra, Agustín Lara, Consuelo Velázquez, Felipe Pérez, Pepe Luis o las danzoneras Alma del Sotavento y Dimas de los Hermanos Pérez.
Además destaca el trabajo para hacer girar un sin número de subtemas alrededor de la historia principal: romance, traición, pasión, deseo sexual, introspección, búsqueda, prostitución, homosexualidad, todos ellos retratados sin reminiscencias lacrimógenas.
Este trabajo, por desgracia poco conocido en la actualidad, es realmente una muestra de fluidez, técnica, diseño de producción, musicalización y desempeño actoral desplegado en una historia entretenida que no requirió caer en clichés y estereotipos para lograr un universo sólido. En comparación con el cine mexicano actual que explota estereotipos para genera empatía, o utiliza lo contemplativo sin que este modelo aporte al argumento, Danzón aprovecha cada elemento que la compone para ser una obra cinematográfica completa.
