Miroslava

«Mañana ya no estaré aquí»

Por @kurenai_alex

La Cineteca Nacional de México presentó este lunes 30 de septiembre Miroslava como parte de las Nuevas reflexiones sobre cine mexicano, cuyo tema principal en esta edición son los Laberintos de la memoria. La presentación de la película estuvo a cargo del licenciado Gabriel Rodríguez Álvarez además de contar con la participación del director de la película el cineasta Alejandro Pelayo.

Gabriel Rodríguez y Alejandro Pelayo en la presentación de Miroslava (1993) Foto: Manuel Pineda

De acuerdo con el licenciado Rodríguez, esta película forma parte de las estrategias de las instituciones mexicanas de cinematografía para internacionalizar al cine nacional que se desarrollaba en la década de los noventa, momento en que el país se adhería a los nuevos tratados de comercio internacional; además de ser «el gesto de un cine mexicano en donde los personajes dejan de ser sólo estereotipos». La selección de esta película realmente hace honor al título de las conferencias, pues toda ella se forma con base en recuerdos a lo largo de la trama.

Por su parte el cineasta Alejandro Pelayo, actual director de la Cineteca, relató la forma en que se realizó la filmación en lugares comunes de la Ciudad de México como la estación Buenavista, La casa del libro o el Palacio de Bellas Artes, con un presupuesto pequeño y la colaboración de un soberbio equipo de producción que lograron recrear lugares como Praga o España. Asimismo destacó las dificultades de conseguir a la actriz protagónica, puesto que al ser una biopic debía contar con realismo y credibilidad. El director de La víspera señaló también que decidió aceptar este proyecto pues «era un reto construir algo diferente a lo que ya había hecho hasta ese momento, este era un papel femenino y una historia que giraba entorno a él».

El guión fue escrito por Vicente Leñero, basado en el cuento homónimo de Guadalupe Loaeza, incluido en Primero las damas libro publicado por la autora en 1990. La historia se centró en representar el último día de vida de la actriz checa Miroslava, figura monumental de la Época de oro del cine mexicano.

Gabriel Rodríguez y Alejandro Pelayo en la presentación de Miroslava (1993) Foto: Manuel Pineda

La película se construyó con base en dos tipos de narraciones: el falso documental, en el que observamos a Alex Fimman (Claudio Brook), amigo íntimo de la actriz narrarnos desde su perspectiva cómo fueron los últimos momentos de Miroslava; y la representación visual de ese último día, de donde se desprende además los recuerdos de la protagonista.

A lo largo del metraje observamos los recuerdos de la actriz, que vive sumergida constantemente en la nostalgia de los recuerdos y las experiencias perdidas, todo ello acompañado de una impresionante paleta de colores como no se ha visto igual en el cine mexicano. Todo el presente se ilustra por medio de los tonos fríos, prevalecen los azules, a juego con los ojos de la actriz, y los blancos; en tanto los recuerdos se asocian primordialmente con los tonos cálidos como cafés, naranjas y rojos en los momentos de éxtasis y pasión. Cabe señalar que el diseño de arte corrió a cargo de José Luis Aguilar, quien realizaría otros trabajos de diseño de arte en películas como House of Cards (Michael Lessac, 1993) o El cielo en tu mirada (Pitipol Ybarra, 2012).

A la inmejorable paleta de colores se suma la fotografía del galardonado Emmanuel Lubezki, que con sólo un encuadre atraviesa las emociones del espectador, pues cada uno de los elementos que aparecen en escena revela un momento trascendental de la historia de Miroslava, nos guía hacia su sentimientos o ideas más profundas, además de comunicarnos lentamente que nos acercamos de manera irremediable hacia la tragedia.

Arielle Dombasleen en Miroslava (Alejandro Pelayo, 1993)

Con tomas cenitales, close up a los ojos, los labios, las manos, todo ello acompañado de un ritmo fluido que cambia constantemente los elementos en pantalla, Lubezki retrata las emociones del personaje, sin contar con los elementos recurrentes, leitmotiv que nos hablan de las costumbres, la decadencia o la sensualidad del personaje principal. Martinis, medias de nailon, cigarrillos sin filtro, labios siendo pintados de colores vivos, aparecen una y otra vez como marcas distintivas asociadas a la conducta del personaje principal.

A ello se suma el erotismo latente durante toda la película. Acentuado con el vestuario, los movimientos del personaje e incluso la música. Y pese a contar con escenas de desnudos parciales, la película nunca se desborda de exhibicionismo, pues cada uno de los desnudos en pantalla adquiere una significación que alude a un momento en el estado de ánimo de la actriz, encarnada de manera asombrosa por tres actrices distintas: Pamela Sniezhkin Brook, Arleta Jeziorska, y Arielle Dombasle

Los ambientes y personajes se construyeron de forma tan adecuada que de verdad es posible creer que nos encontramos no sólo en otra época; sino incluso en otro país. Las atmósferas transmiten verdaderamente la aprensión de la persecución en Praga, la nostalgia por los recuerdos de la infancia, y el desencanto por las desilusiones amorosas, todo ello a través de la composición cinematográfica.

Arielle Dombasleen en Miroslava (Alejandro Pelayo, 1993)

Sin exagerar, Miroslava es la mejor película mexicana realizada a color, no existe ningún elemento que sobre o que falte, es un trabajo bello, creíble y entrañable. Desde luego la actriz Arielle Dombasle no se parece realmente a la Miroslava original, pero ello se compensa con su actuación y caracterización.

Miroslava es una película que debe ser difundida y reconocida por el gran trabajo que se logró materializar gracias a un excelente equipo de producción, pues tal como señaló el director de la película «a veces el trabajo del director es conjuntar talentos que se expresen de manera visual» y que entreguen producciones como esta que muestra que el cine mexicano puede ser algo más que sólo la explotación naturalista de los temas cotidianos.

Los albañiles

El pensamiento de Vicente Leñero en pantalla

Por @kurenai_alex

Los albañiles, del director Jorge Fons, realizada en el año 1976, fue la película presentada esta semana en la Cineteca Nacional de México como parte del ciclo de conferencias Nuevas reflexiones del cine mexicano, que en esta ocasión retoma los Laberintos de la memoria, como hilo conductor y corre a cargo de Gabriel Rodríguez Álvarez, licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM.

Gabriel Rodríguez Álvarez en la presentación de Los albañiles (1976) de Jorge Fons Foto de Manuel Pineda

De acuerdo con Gabriel Rodríguez, estos ciclos «confirman la necesidad de realizar actividades de formación de públicos», además de mostrar el «cine de la apertura democrática», cuya finalidad era abrir espacios para los jóvenes como mediadores entre el gobierno y ellos, después de los acontecimientos de México 68. Asimismo destacó las diferencias trascendentales entre el cine de esos años como «testimonio y ventana de otras épocas», con el cine mexicano actual que es un «cine de la miseria, de explotación de los pobres y el escarnio de su condición». Su exposición versó además acerca del uso de metáforas: plásticas, dramáticas e ideológicas (de Marcel Martín), que en el cine de Jorge Fons consolidan un universo realista en el que sin embargo, el director «no ejerce violencia de clase contra sus personajes» a través de la cámara. Además de mostrar una mezcla de «teatro y cine, pero no un teatro filmado».

El guión de Los albañiles fue escrito por Luis Carrion, Jorge Fons y Vicente Leñero, basados en una novela de éste último, escrita en 1963 y adaptada al teatro en 1969 por Ignacio Retes. La trama se centra en el asesinato de don Jesús, vigilante de una obra en construcción, y con esa historia como medio Fons nos transporta a la realidad de un grupo de trabajadores de la construcción.

Gabriel Rodríguez Álvarez en la presentación de Los albañiles (1976) de Jorge Fons Foto de Manuel Pineda

La narrativa visual se estructura en tiempo multiforme: el momento presente, en el cual el inspector Munguia investiga la muerte de don Jesús; y el pasado, introducido por medio de flash back en los que conocemos la vida cotidiana de los personajes, o sus antecedentes. Al inicio de la película somos introducidos a un misterioso edificio, que se transforma, conforme avanza la cámara, en locación y personaje, pues no sólo la historia se mueve entre sus muros; él, como señala don Jesús, trata de comunicarse con quienes lo rodean, los pone en un mismo plano temporal y espacial: ayuda a crear relaciones, formarlas o destruirlas.

Con la obertura de Alceste de Christoph Willibald Gluck, asistimos a la presentación de ese edificio vivo, al mismo tiempo que visualizamos el asesinato de don Jesús, a través de la visión subjetiva de su asesino, justo en el momento álgido de la música cuando los violines aceleran el tempo y la intensidad de la melodía. Una vez que la muerte ha ocurrido la escena se transforma, al compás de la música, para mostrarnos el recorrido de la sangre derramada, a continuación la escena cambia. Guiados por el personaje que descubre el tiempo nos transportamos al pasado, antes de la tragedia.

José Carlos Ruiz y José Luis Flores en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Desde una perspectiva argumental, es una crítica bien estructurada a través de la representación de las condiciones sociales todavía vigentes de una población organizada en jerarquías demasiado contrastantes, en las que la violencia simbólica se ejerce de manera constante. A diferencia de la violencia física y verbal que se da incluso entre iguales dentro de la película, la violencia simbólica se presenta de manera mucho más agresiva, pues la palabra sólo la tiene aquel que ostenta el poder, e invisibiliza a los otros.

Así vemos, por ejemplo a Federico (Pepe Alonso) ignorar y silenciar a sus trabajadores; pero al mismo tiempo él ocupa ese mismo lugar de sometimiento frente a su padre, y sin saberlo frente a los mismos personajes que humilla, pues podrá ser «el nene rico» y dar las órdenes, pero quienes conocen el funcionamiento de la obra son los propios albañiles, no él.

En esta película todos los personajes se encuentran en busca de su lugar: físico y moral. Desde los trabajadores que migran de pueblos lejanos para probar suerte en la capital por un sueldo de miseria, en un trabajo en el que gastan la vida «construyendo casas y edificios y ninguno es de su propiedad»; Federico, quien busca la aceptación de su padre, el respeto de sus trabajadores, un puesto de poder; hasta el inspector Munguia, que trata de «hacer las cosas como se deben» pero al final con o sin procedimiento debe llegar a un resultado para no perder su puesto.

Pepe Alonso y Salvador Sánchez en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Los actores contribuyeron de manera monumental a construir todo ese universo de desesperación, son de destacar las actuaciones de Ignacio López Tarso, como don Jesús, Adalberto Martínez «Resortes» como El patotas, José Carlos Ruiz en el papel de Jacinto y Pepe Alonso interpretando a Federico. Además de la participación de Katy Jurado y David Silva, parte de la generación de la Época de oro del cine mexicano.

En el aspecto técnico existen algunos errores típicos, la sombra del camarógrafo, el cambio de locación de edificio, y otros detalles semejantes que pueden pasar desapercibidos si uno no es muy curioso. En cuanto al sonido, Fons no sólo decidió utilizar la mezcla de sonidos ambientales para crear la atmósfera; sino también el leitmotiv descarados para ilustrar situaciones muy particulares, como el momento en que la hermana del plomero llega a la construcción para llevarle el almuerzo, y de fondo escuchamos, Qué buena está Elena de José Albarrán, seguida de los soeces piropos de los trabajadores, una escena que además plasma de forma brutal el papel que tenía la mujer dentro de ciertos sectores de la sociedad y que por desgracia no ha cambiado en su totalidad.

Eduardo Cassab en Los albañiles, Jorge Fons, 1976

Los albañiles es una película que cuenta con tantos elementos para analizar como minutos en su estructura. Pero desde mi perspectiva, la temática no dista mucho del naturalismo actual presentado por directores como Amat Escalante. Lo que sí cambia es el tratamiento, el acercamiento y la experiencia actoral que supera por mucho a los filmes actuales. No soy fanática de Ignacio López Tarso y mantendré mi firme opinión de que su actuación en películas como Macario es acartonada y teatral, sin embargo en esta ocasión su trabajo es plausible, y sus monólogos de verdad alcanzan a tocar las fibras más sensibles del espectador. Lo mismo ocurre en el caso de Adalberto Martínez «Resortes», que deja de lado su personaje repetido en tantas películas anteriores y proyecta una faceta novedosa de su carrera, sin caer en sus típicos arrebatos de comicidad forzada o su clásica e hiperbólica gesticulación.

Para finalizar, sigue siendo un acierto que se realicen estos ciclos que permiten redescubrir el cine mexicano.

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