¿Un acto fallido de innovación cinematográfica?
Por @kurenai_alex
Después de varios intentos por tener un hijo, una joven pareja estadounidense es bendecida por el cielo, literalmente, pues cerca de su casa cae un misterioso artefacto proveniente del espacio exterior en cuyo interior se encuentra un bebé. La pareja decide adoptarlo y criarlo como propio. Cuando el pequeño llega a la adolescencia se da cuenta que es más diferente de lo que todo el mundo imaginaba. El poder está dentro de él, lo llama y no puede negar su naturaleza.
Esta es la historia de Superm… digo de Brightburn, película del director David Yarovesky, a quien recordamos por The Hive (2014). Sin importar qué tan parecido nos suene este inicio con la archi popular saga de Superman, el director afirma (en el making off) que antes de escribir el guión de la película leyeron muchos cómics, lo que condujo a esta original, muy original, historia.

Brightburn se estrenó en mayo de este 2019 en algunos países, ya para agosto estaba en todas las salas a nivel mundial. Sin embargo se convirtió en otra de esas películas que pasan sin grandes ovaciones, ni grandes detractores. Esto último resulta sorprendente si tenemos en cuenta la cantidad de escenas sangrientas que se presentan a lo largo de la trama.
La película inicia bastante bien, pese a sus muy evidentes semejanzas con el superhéroe ya mencionado. Vemos a una pareja feliz a punto de tener relaciones sexuales desde un ángulo que nos permite saber que en más de una ocasión han tratado de ser padres, sin mucho éxito. A continuación una explosión y el cambio de colores cálidos a la misteriosa paleta de color en rojos, nos comunica la llegada de un nuevo individuo a la familia.
Hasta ahí todo parecía favorable, un guión prometedor, una paleta de colores capaz de generar aprensión y una mezcla de sonido a tono con la historia. Sin embargo, a los 15 minutos de película 90% de las buenas predicciones se pierden.

Con una estética cuasi slasher asistimos a la transformación de un crío inocente en un ente siniestro, vengativo y megalómano, no resulta extraño si tomamos en cuenta que todos los movimientos de cámara que emplea el director corresponden a las bases del género. Pronto los movimientos de cámara basados en los encuadres abiertos y la profundidad de campo, que nos insinúan el acecho de un peligro escondido más allá de las sombras, se vuelven repetitivos, cansados y dejan de sorprender. Ya todos sabemos donde se esconde el niño malo de la historia y también sabemos que cuando lo busquemos no estará ahí. En este punto los sustos se vuelven alarmantemente predecibles.
Dichos movimientos de cámara eran funcionales dentro del slasher debido a la amenaza que representaba el asesino, sujetos incansables que iban a su paso en tanto la víctima corría y gritaba desesperada. Desde luego todos sabíamos que al final la víctima en cuestión sería asesinada, pero la tensión provocada por la posibilidad que tenía de escapar de un asesino de andar lento generaba desesperación y horror, sin embargo ¿qué tipo de tensión pueden crear esos mismos movimientos cuando sabemos de sobra que el enemigo te puede alcanzar a la distancia con sus poderosos rayos láser?
Aunque la actuación de Jackson A. Dunn en el personaje de Brandon (el Superman malo) es digna de un premio, el personaje no convence del todo, más parece un adolescente caprichoso que un verdadero enviado de las tinieblas espaciales. Desde luego ello podría favorecerlo si le concedemos la premisa de que la maldad estaba enraizada en su corazón, pero la idea de que la maldad despierte nada más cumplidos los 12 años no termina de atraer.

Eso sí, los valores de producción son innegables, puesto que el diseño de arte del personaje principal y su caracterización como ente siniestro realmente generan aversión, sobre todo por lo rudimentario de los elementos que utiliza para auto definirse como EL malo.
En resumen, Brightburn es una película inteligente y arriesgada que desgraciadamente se quedó muy corta en su desempeño. Escrita por Brian Gunn y Mark Gunn (ese nepotismo sí se puede ver), nos brinda, primero, una versión del «qué hubiera pasado si Kal-El fuera malo» y, segundo, un final menos predecible de lo esperado. Y no sólo eso, el argumento se escapa por completo de la línea trazada por los universos de súper héroes actuales: la apología a la familia y la amistad como ejes de la vida, la sociedad y fuerzas salvadoras de mundos.
Tendremos que esperar para averiguar si David Yarovesky y compañía deciden dar el siguiente paso en su evolución cinematográfica creando todo un universo opuesto a las clásicas cintas de súper héroes, o si se quedaran en este homenaje fallido al cine slasher de los 80.
