Las edades de Lulú

¿Erotismo o soft porn?

Todas las personas tienen fantasías. La RAE las define como la: «facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar los ideales en forma sensible o de idealizar las reales». Sin embargo, ¿qué es lo que ocurre cuando esas fantasías se forman como una vía de escape por culpa de la frustración? Y peor aún, ¿qué pasa cuando nos arrastran a lugares oscuros con el fin de cumplirlas?

Ese es precisamente uno de los temas que aborda el libro  de Las edades de Lulú, de la escritora española Almudena Grandes. Publicada en 1989, la novela recibió una gran aceptación. Está narrada en primera persona y cuenta las impresiones de Lulú sobre su vida y sus problemas.

La trama  es sencilla. Todo comienza con una película porno. Sí, así como lo lee. La novela comienza con una narración por demás descriptiva de una escena pornográfica en la que aparecen dos hombres y una mujer teniendo relaciones sexuales: «Ellos, sus hermosos rostros, flanqueaban a derecha e izquierda al primer actor, que entonces no pude identificar, tal era la confusión en la que aquella radiante amalgama de cuerpos me había sumido previamente. La carne perfecta, reluciente, parecía hundirse satisfecha en sí misma sin trauma alguno, sujeto y objeto de un placer completo, redondo, autónomo, tan distinto del que sugieren esos anos mezquinos, fruncidos, permanentemente contraídos en una mueca dolorosa e irreparable» (Almudena Grandes, Las edades de Lulú, 1989).  

Conforme las páginas avanzan, Lulú narra su historia, su vida enamorada de Pablo, el mejor amigo de su hermano, su iniciación en la vida sexual y ésta como base para su posterior matrimonio. Luego de una tranquila y aparentemente feliz vida con Pablo, Lulú comienza a sentir las repercusiones del sexo como parte primordial para construir una relación, lo cual la vuelve inestable y desconfiada, por lo que decide apartarse de la comodidad de la vida en pareja y buscar en nuevos horizontes la tan anhelada paz mental de la que carece.

El tema principal de la novela resulta por demás trillado. Sin embargo como el sexo vende, y al final el cine no deja de ser industria, en 1990 el director español Juan José Bigas Luna decidió realizar su adaptación cinematográfica.

Óscar Ladoire y Francesca Neri en Las edades de Lulú (Bigas Luna, 1990)

Para la película se contó con las actuaciones de: Francesca Neri (Lulú), Óscar Ladoire (Pablo), María Barranco (Ely), Fernando Guillén Cuervo (Marcelo), Rosana Pastor (Chelo) y Javier Bardem como Jimmy.     

Aunque con un orden cronológico distinto, la película resultó bastante fiel a la novela y se enfocó en mostrar 95 minutos de cinta con una gran carga sexual para regocijo de quienes gozan de éste tipo de películas. Lo cierto es que no había mucho que hacer en el caso de la historia de Lulú, puesto que la novela ya era de por sí explícita en cuanto a las escenas de sexo se refiere. 

Si lo vemos desde un punto de vista positivo, sí, Las edades de Lulú habla sobre «la evolución de la vida sexual», «la sumisión» y «el alcance de la madurez»; mas no por ello deja de ser una película bastante vacía, que se aleja mucho de otras obras de Bigas Luna que optan por las referencias oníricas y los personajes humanos sin caer en el naturalismo. 

Óscar Ladoire y Francesca Neri en Las edades de Lulú (Bigas Luna, 1990)

Pese a que la crítica la ha favorecido, como no lo hizo con muchas otras que abordaban temas similares con la misma tendencia a utilizar el erotismo como vía, y es considerada una joya del cine erótico y del cine español, no deja de ser una película basada en una historia movida únicamente por el sexo, en la que las escenas eróticas carecen de razón de ser. 

Mas no por ello hay que negar y menos demeritar el esfuerzo en conjunto que llevó a cabo la producción de esta cinta. Las actuaciones son buenas y la dirección consiguió de forma perfecta cristalizar la historia de una novela de gran extensión en menos de dos horas. Así que si lo que buscas es pasar un rato entretenido con una película de ritmo lento con cualidades para ser sobre analizada, esta es la mejor opción. Ve Las edades de Lulú y juzga tú mismo si las escenas eróticas podrían ser o no sustituidas por el diálogo sin dañar en lo más mínimo la trama de la historia, aunque eso sí tornándola un tanto más plana y menos atractiva para las personas. 

Título original: Las edades de Lulú; Año: 1990; País: España; Director: Bigas Luna; Guión: Almudena Grandes y Bigas Luna; Música: Carlos Segarra; Fotografía: Fernando Arribas; Reparto: Francesca Neri, Óscar Ladoire, Javier Bardem, Fernando Gillén Cuervo, Rosana Pastor, Juan Graell; Género: Drama, erótico

Everybody Knows

Secretos a voces

Por @kurenai_alex

Después de cinco años viviendo en Argentina, Laura regresa a Madrid acompañada por sus hijos, Diego e Irene, para asistir a la boda de su hermana. En el pueblo todos la conocen, saben que se casó con un hombre exitoso y trabajador, capaz de pagar los arreglos de la fachada de la iglesia y que viven juntos un matrimonio de ensueño. Pero en el pueblo también saben que antes de eso, Laura estuvo enamorada de Paco, quien ahora es dueño de una finca vinícola.

El día de la boda llega, el vino corre, la banda toca, la gente canta y todo el mundo se divierte hasta que repentinamente las luces se apagan y el horror comienza para Laura y su familia, pues mientras todos celebraban la nueva unión, su hija adolescente ha sido secuestrada.

Así comienza Todos lo saben, película del 2018 del director Asghar Farhadi. Aunque realmente decir que así comienza es una falacia, pues para llegar a ese punto, que en términos prácticos es la introducción, al director le toma al menos media hora. Primero vemos escenas larguísimas de la carretera, los viñedos, el pueblo, y la vida cotidiana. Hasta ese punto la cámara trata de mostrarnos la vida común de los habitantes , hacernos partícipes de la relativa tranquilidad en que se mueven los personajes. Esta situación es un acierto, al mostrar las tradiciones de algunas provincias españolas, pero se pierde conforme avanza la trama.

Poco a poco nos adentramos en un conflicto que trata de ser un thriller pero se estanca a la mitad, pues el secuestro se transforma en un pretexto para contarnos los chismes sobre Laura y su familia. El ritmo pausado que el director utiliza en los primeros 100 minutos de película se rompe cuando decide cortar todo el suspenso y mostrarnos a los secuestradores sin más. Una vez que todos los secretos son revelados la desaparición de la chica pierde sentido, porque casi desde el inicio se relegó a un segundo plano.

Penélope Cruz y Javier Bardem en Todos lo saben (Asghar Farhadi, 2018)

Por otra parte los recursos técnicos también terminan difuminados. Aunque al inicio la cámara realmente se mueve como un espía en medio de los personajes y sus ambientes, al cabo de un rato esa idea queda de lado y los encuadres dejan de comunicarse con el espectador de forma íntima para simplemente registrar lo que ocurre, ya sin dejo de la morbosidad inicial que nos adentraba en la vida de la familia.

Con la música ocurre lo mismo, no existen leitmotivs, ni letras que comuniquen emociones. No pasa de ser una lista de melodías seleccionadas para ambientar. Eso sí, todas las actuaciones son monumentales. Le creemos a Penélope Cruz su desesperación, tanto que nos hace dudar de la sinceridad y credibilidad del secreto que revela, aunque éste ya se veía sospechosamente previsible desde el inicio.

Penélope Cruz y Ricardo Darín en Todos lo saben (Asghar Farhadi, 2018)

Bardem es quizá el mejor de todos los personajes, aunque vuelve a representar el clásico papel del español gallardo y valeroso que trata de ser el héroe de la historia, también muestra otras facetas viscerales que complementan el desarrollo de su personaje. Lo triste es el caso de Ricardo Darín, excelente actor que en esta ocasión prácticamente no figuró en la película. Su papel resulta casi sobrado, sin importar que tan buen trabajo realice, no deja de ser el tipo bajo la sombra del papel de Bardem.

Por otra parte el dilema de «hasta dónde estás dispuesto a llegar para ayudar al otro», que bien podría ser uno de los móviles principales del argumento, tampoco termina de adquirir forma, y la comparación con otras obras de la misma temática resulta inevitable, sobre todo cuando el tema fue retratado magistralmente por Akira Kurosawa en Tengoku to jigoku (El infierno del odio, 1963).

La película tiene puntos rescatables, actuaciones encomiables y un buen inicio, por desgracia los elementos principales de la trama no terminaron de encajar ni en el drama ni en el thriller. Aunque es plausible que Asghar Farhadi haya logrado crear un ambiente tan creíble de un pueblo español sin conocer siquiera el lenguaje, crear un ambiente no es la totalidad de una película.

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