Rocky

La leyenda continúa

Por @kurenai_alex

No hay duda de que Sylvester Stallone es una de las figuras más grandes del cine hollywoodense de acción. Su participación en el ámbito cinematográfico va desde guionista hasta protagónico de sus propias películas, y las de muchos directores más. 

Sylvester Stallone en Rocky (Avildsen, 1976)

Su carrera como actor comenzó en el ámbito considerado el patito feo del cine: el porno. Pero su empeño y dedicación lo llevaron pronto por rumbos distintos. Para 1975 había participado por lo menos en nueve cintas, entre ellas Bananas (1971) de Woody Allen, pero fue hasta 1976 cuando su carrera despuntó. La película que lo colocó en la cima del éxito, y en la mira de directores como Bruce Malmuth o John Huston, no es otra que Rocky, la famosa historia del boxeador italo-estadounidense que de buenas a primeras consigue triunfar en el mundo del boxeo americano.

Fue en 1976, cuando un joven Sylvester, inspirado por la pelea entre Chuck Wepner, un boxeador prácticamente desconocido entonces, y el ídolo Muhammad Ali, se dio a la tarea de escribir el guión para realizar una película. Pero una vez que tuvo el guión, conseguir una casa productora que decidiera financiarlo no fue sencillo. El problema principal era que Stallone estaba decidido a encarnar el papel principal de la historia. 

Aunque el guión era llamativo, especialmente por su final un tanto inesperado que iba en contra de los cánones tradicionales del final triunfal, motivo por el que Avildsen decidió dirigir la cinta, los productores no creían conveniente poner a un desconocido en pantallas. Buscaban, como siempre, la fórmula ya probada de utilizar un rostro conocido para captar de inmediato a la audiencia. Sin embargo, Stallone se negó rotundamente. 

Después de una serie de dificultades, y con un presupuesto ridículo de 950,000 mil dólares, finalmente el rodaje de Rocky comenzó. El final de la historia todos lo conocemos, la película fue, y sigue siendo un éxito mundial, cuenta con siete secuelas y un sin fin de fans; todo esto sin hablar de la banda sonora, a cargo de Bill Conti, que se quedó grabada en la memoria de toda una generación, y de los múltiples premios que recibió la cinta, entre ellos el de Mejor película en los Óscares. 

Sylvester Stallone y Talia Shire en Rocky (Avildsen, 1976)

El argumento del filme es de sobra conocido, aun así haré un pequeño resumen. Rocky Balboa es un boxeador italo-estadounidense, que vive en los barrios bajos de Filadelfia. Para ganarse la vida se dedica a cobrar las deudas de Gazzo, amedrentando a los morosos que no pagan, además de participar en peleas de boxeo para aficionados. Por desgracia no le va bien ni en lo uno ni en lo otro. Por una parte, Rocky no es capaz de golpear por las buenas a los deudores, y por otra, su carrera como boxeador va en picada. La vida de Rocky se estanca y él mismo comienza a considerarse un fracasado. Ni siquiera su muy reciente relación con Adrian, hermana de su mejor amigo, lo rescata del abismo en el que se hunde lentamente.  

Sin embargo, Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, al menos eso dice la película, y por azares del destino Rocky es invitado a competir por el campeonato mundial de pesos pesados contra el campeón Apolo Creed. Y ahí, la vida de Rocky comienza de nuevo…

Sylvester Stallone y Carl Weathers en Rocky (Avildsen, 1976)

Este es sólo el inicio de lo que sería una de las sagas más exitosas de la historia del cine comercial de Hollywood. Y no es que Rocky sea una obra de arte, simplemente es una cinta con un buen argumento y un trabajo actoral bastante decente. 

Lo que sí no se le puede negar es que cada una de las escenas de la película es un retrato del viciado mundo del boxeo en sus diferentes niveles. Y lejos de requerir un sobre análisis en busca de un significado oculto, de los simbolismos o el mensaje de superación, la película lanza de forma clara y quizá hasta involuntaria mensajes bastante directos. 

Haya sido o no la intención de su guionista, en la cinta se aprecian una serie de circunstancias sobre las que valdría la pena reflexionar. Vemos a los entrenadores tratar a sus estrellas como meros trozos de carne, lanzándolos a un ring con el único fin de conseguir dinero; a la multitud aplaudiendo el salvaje espectáculo; al hombre frustrado por la monotonía y el estancamiento, producto de los roles que desempeña en una sociedad en la que lo que importa es el mote que llevas, y una gran lista de circunstancias que no son ajenas a la realidad. Incluso hay un par de diálogos que pueden ponerte a pensar: «no te recordarán sino por tu reputación» o «tienes que ser imbécil para querer ser boxeador». 

Sylvester Stallone en Rocky (Avildsen, 1976)

Haciendo a un lado todas las posibles interpretaciones que pueda tener la cinta, Rocky es una de esas películas que cumple su cometido. No sólo es entretenida; sino que logra la identificación del protagonista con el público, a tal grado que no importa cuántas veces la hayas visto, en todas tienes la esperanza de que El semental italiano remonte la pelea y salga victorioso (y créanme, no importa cuánto grites nunca gana). Sin embargo, aunque lógicamente Rocky pierda en cada ocasión que ves el filme, no resulta decepcionante. Por el contrario, te deja esa extraña sensación de final de Champions League, en la que aunque muy merecidamente gane el Bayern, te sientes satisfecho porque su contrincante dio todo en el encuentro. 

Aunado a ello, es una de esas películas que puedes ver tantas veces como quieras sin cansarte. Se encuentra filmada de forma dinámica y durante los combates utiliza el mismo lenguaje de cámaras que se visualiza en las peleas de box hasta la actualidad, lo cual es un punto  a su favor. Si ya viste Rocky, no importa, ¡puedes verla otra vez! Y si no la has visto, es momento de que lo hagas. Y recuerda no importa que sea cine comercial, cine de arte, cine de autor, cine de culto, etcétera, porque al final el nombre que se le da no es más que una clasificación, una denominación que tiene sentido sólo para las fichas técnicas. Lo importante es disfrutar de las cintas, aprender de ellas, sean buenas o malas desde nuestra perspectiva, y ver de todo, porque finalmente es así como formamos un criterio propio en torno a cualquier tema ya sea arte, cultura, e incluso la vida cotidiana.    

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