Otra película de clichés y estereotipos
Por @kurenai_alex
«Ingeniosa», «llena de calidez humana», «crítica de las desigualdades sociales» y otra gran lista de atributos son los que se utilizan para referirse a La camarista, cinta del año 2018, dirigida por Lila Avilés y recientemente seleccionada por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas como representante de México en la próxima entrega del Óscar.

La sinopsis, que es exactamente igual en los sitios de internet de Tomatazos y la Cineteca Nacional de México resumen la película así: «una solitaria camarista de un lujoso hotel de la Ciudad de México, se enfrenta con tranquilidad a la monotonía de sus largos días de trabajo. Su deseo por ser alguien más la hará descubrir diferentes universos y sueños detrás de las pertenencias de los huéspedes que alberga el lugar.»
Después de ver ambas sinopsis me pregunto con seriedad ¿qué película vieron?, ¿en qué momento el personaje, la cámara o la música (que en realidad es inexistente casi hasta el final) nos indicaron que ella quería ser alguien más? Se le veía bastante cómoda en su papel sumiso y abnegado. En realidad esa podría ser la parte más interesante de la película: la camarista, sometida, que pese a reconocer la existencia de otros mundos añora para sí únicamente la posibilidad de servir a uno de los huéspedes del piso 42. La camarista no quiere ser uno de ellos, porque sabe que en la realidad en la que habita ese deseo sería irrealizable, por lo cual debe conformarse con anhelar fantasías al alcance de su estatus social.
Ese mensaje terrible, tal vez puesto de manera involuntaria en esta película que muestra de forma agresiva la realidad de un sector poco favorecido de la población mexicana, es lo verdaderamente rescatable del argumento.
La camarista narra la historia de Evelia, una joven de 24 años, que como indica el nombre de la película, se dedica a la tarea de mantener limpias, ordenadas y perfectas las habitaciones de un lujoso hotel de la Ciudad de México. Sus días transcurren a la espera de lograr ser asignada para el piso 42, en el que se hospedan los mejores clientes.

Al inicio de la película Evelia desea, por encima de todo, obtener el puesto de camarista del piso 42 y un vestido rojo que algún huésped abandonó u olvidó. En medio de la monotonía de su agotador trabajo, encuentra consuelo en pequeños detalles que le permiten hallar un vínculo con aquellos que se hospedan en las habitaciones, aunque para ellos Evelia no es más que un ente ajeno a sus perfectas y ocupadas vidas. Pero conforme la trama avanza todos esos detalles quedan en el olvido al incorporar situaciones y personajes que no le aportan otro ángulo o mayor profundidad al personaje; por el contrario abren una serie de pequeños subtemas desplegados de la historia principal que evitan que el punto álgido de la historia se perciba como clímax.
Para fines prácticos, el personaje no trata de evolucionar sino hasta el final de la película. Siguiendo esta idea la película bien pudo comenzar con los primeros 25 minutos y saltarse al final sin perder la parte valiosa del argumento.
Por otra parte, Gabriela Cartol difícilmente cambia de expresión. Puede estar masturbándose o recogiendo las sábanas sucias pero su rostro permanece impávido. Y debido a la inexistencia de música que nos indique qué emoción está atravesando por su cabeza nos quedamos con un vacío sentimental que nos impide conectar con el personaje.

Se suman ademas otra serie de detalles, como el hecho de no poner un subtítulo al libro que ella observa al entrar en la habitación que está ocupada por un japonés. Es comprensible que Evelia, en el papel que decidieron otorgarle, no entienda qué dice el libro y se quede maravillada porque está en otro idioma, pero nosotros como espectadores omniscientes necesitamos saber la traducción para comprender el significado del regalo que el huésped le hace. En este punto se encuentra también el hecho de no acercar la cámara para mostrarnos qué escribe en el papel que le entrega a su enamorado.
En resumen, aunque la película ha recibido muy buenas críticas ni el argumento ni su técnica representan una verdadera novedad. Es una película de festival: escenas largas y contemplativas, encuadres bien cerrados para retratar de forma exagerada las emociones, trayectorias cámara en mano para seguir a la protagonista, además del uso del cliché naturalista para plasmar una realidad que al final resulta ajena, no porque la representación carezca de realismo; sino simplemente porque nunca se logra una conexión real entre los problemas del personaje y el espectador.
Más que mostrar una historia, una denuncia social, un reclamo o una crítica, parece un trabajo audiovisual creado para obtener premios a través del exhibicionismo descarado de un sector desfavorecido de la población mexicana visto desde una lente ajena a sus problemáticas. Sin contar con la perpetuación del estereotipo de «rasgos indígenas igual a pobreza y marginación».
Desde mi perspectiva esta es otra historia naturalista construida con base en clichés, estereotipos mal entendidos, incapaz de generar empatía. Continuaré esperando que los nuevos cineastas mexicanos decidan apostar por algo verdaderamente novedoso: en cualquier género o que al menos como acto de sublevación decidan poner un actor caucásico en el papel del pobre sufridor que enfrenta la vida cotidiana, en lugar de perpetuar el estereotipo eterno del indígena sometido.
