¿Dónde está mi posesión? ¿Dónde está mi posesión?
Existe una curiosa propensión en las salas de cine al momento de presentar una película: la pésima traducción de los títulos de filmes de otros países. Entiendo que sea imperativo llamar la atención del público para que asista a ver las películas, lo que no logro comprender es esa tendencia misteriosa a inventarse títulos. Este fenómeno se ve en películas de todos los tipos, en México, por ejemplo, basta recordar Cruzada (Kingdom of Heaven, 2005), Niñera a prueba de balas (The Pacifier, 2005), El engendro (The Astronaut’s Wife, 1999), Un muerto… pero de risa (Weekend at Bernie’s, 1989), o Loca academia de policía (Police Academy, 1984), sólo por mencionar algunos.

Sin embargo, el cine de terror es el que se lleva las palmas. Hemos visto títulos como El legado del diablo (Hereditary), La maldición de Thelma (Thelma), En el Vientre del Diablo (Malicious), El terror no espera la noche (Midsommar), Hijo de la oscuridad (Brightburn), ¿de verdad los encargados de poner los títulos para su exhibición creen que si no le ponen «mal», «diablo», «siniestro» o «endemoniado» la gente no irá a ver las películas? La última gracia de estos mordaces encargados de titular no es Anna: el peligro tiene nombre (Anna); sino Mercy Black a la cual se les ocurrió llamar La posesión de Mercy Black.
Bastante desilusionado sale uno de la sala después de ver que lo mejor de la película estaba en el trailer como para todavía tener que preguntarse a qué hora iban a poseer a alguien.
Mercy Black es otra de esas engañosas películas que juegan con los sentimientos de los amantes del terror. No sólo fue anunciada con la garantía de Blumhouse, productora que ha llevado a las pantallas películas como Paranormal Activity, Insidious o Sinister; también contaba con una premisa novedosa: un par de niñas decide asesinar a una tercera en el bosque como ofrenda para Mercy Black, un ente que promete hacer tus deseos realidad a cambio de dolor, sangre y carne.

La idea lucía interesante: el poder de la sugestión y el deseo capaces de trastornar hasta a los más inocentes. Pero lejos de llevar la trama por ahí, la película se deshace en clichés. Durante la primera media hora de película ya vimos todos los sustos del género. La puerta que se abre sola, las voces que te llaman a media noche, el niño escondido en el clóset, la sombra que cruza el corredor, la muerte de la mascota, el golpe en la ventana, la escena del fantasma en la tina, y hasta la presentación del ente maléfico que al final resulta ser una pesadilla.
El resto de la película se torna lento, con sustos predecibles, movimientos de cámara obvios, y personajes estereotipo. Desde luego sé que el cine se mueve con estereotipos para lograr que el público comprenda rápido la historia y se adentre en ella, pero esta película es el colmo. Y cuando parece que esta por salvarse con un giro inesperado en el argumento, ¡pum! vuelve a caer pero más y más bajo.

¿Qué pasa con el cine de terror que llega a las salas? ¿Porqué desprecia tanto al espectador? ¿A caso los horror-fanáticos no merecemos también contenidos de calidad que logren asustarnos? Y encima vienen los encargados de poner los títulos y nos prometen una «posesión» que nunca llegará, porque por principio la película no llevaba ese nombre. ¿Acaso quienes titulan las películas no las ven antes de ponerles nombres como El bosque maldito (The Hole in the Ground ) o Cadáver (The Possession of Hannah Grace).
Siguiendo los ejemplos anteriores, Mercy Black bien pudo llamarse «El malvado fantasma de trapo que nos asedia por ratos», quizá con un título así hubiese resultado menos decepcionante.
